En la sala de la casa, Victoria Mosquera hace las veces de directora de orquesta frente a su nieto, un niño que está cerca de terminar la primaria e intenta afinar una exposición sobre la historia de Egipto. Mientras más le corrige, más orgullosa se siente de su muchacho. “A ver, mijito, párese recto, está encorvado, está hablando muy bajo, ese dato está mal, esa fecha no es”.

El pequeño Juan Carlos acepta las indicaciones de su abuela y expone el trabajo casi a gritos, apuntando a un papelógrafo con una de esas viejas antenas de televisión que se alargan y encogen, como los paraguas. Su mamá, Marisol Villacís, trabaja desde temprano en su local, en el segundo piso.

Ninguna pared o ventana pueden impedir que el bullicio de la avenida Olmedo, en pleno centro de la calurosa ciudad de Esmeraldas, sea parte de este hogar. Casi no hay diferencia entre pararse en la mitad de la sala o en media calle. El joven expositor intenta cumplir la tarea junto con un coro de vendedores ambulantes, niños jugando, motos en estampida, buses que frenan, silbatos de policías...

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La abuela es autodidacta. No fue a la universidad, pero le gusta mucho la literatura, sus amigos están en la Casa de la Cultura o en el Patronato y suele insistir en la importancia de las tildes. Toda su vida ha convivido con el ruido y el desorden de esta ciudad costera, pero ha aprendido a identificar ciertos detalles, momentos, gestos, personas que, sin que nadie pueda explicarlo, se salvan del caos cotidiano.

P: A esta escena solo le falta una cámara para que la sala de la casa se convierta en el estudio de televisión en el que ahora trabajas.

Sí, prácticamente. Eran tiempos de mi escuela, donde el mensaje era “ama a tu país”, “ama a la gente negra”, “ama a la diversidad”, “ama a la diferencia”. En los concursos de poesía, yo siempre quedaba entre los tres primeros. Para mi mamá y mi abuelita era el evento. Cuando yo recitaba, a la gente le daba pena porque como era el único huérfano de padre de toda la escuela, me veían con ternura y tristeza. “Ay, pobrecito, no tiene papá”. Pero mi abuelita le decía a mi mamá: “Le veo aptitudes para la oratoria, tiene facilidad de palabra”. De paso, yo era un adicto a la televisión. Quería saber qué había en esa caja, cómo es que pasa música, noticias…

R: ¿Siempre quisiste ser periodista o comunicador?

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Siempre. Es que yo crecí en una casa muy activa, bulliciosa, siempre llena de gente. Mi abuela me decía: “Acompáñame, mijito, a la Casa de la Cultura, porque van a reconocer a Antonio Preciado (poeta) o porque le van a dar un reconocimiento a Petita Palma, una de las pioneras de la marimba en Esmeraldas”. Yo veía todo eso y me decía ‘como que esto me gusta’.

¿El bullicio?

La vida pública. Eso de hablar, de comunicar, de escuchar, de estar rodeado de gente. Es que crecí en una casa que era así. Además, yo vengo de una familia con matriarcado: mamá viuda, abuelita viuda, tías viudas o separadas. Vengo de mujeres fuertes que sacaron a sus hijos adelante sin un hombre al lado. Mi papá falleció hace 33 años, de cáncer al cerebro, cuando yo tenía 2.

¿Cuál de ellas identificó esa vocación por comunicar?

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Mi abuelita fue la primera; el resto no se daba cuenta. Pero luego ya me lo decían, cuando estaba en el colegio, por los concursos de oratoria. Yo les decía que el periodismo me estaba guiñando el ojo. Ahí vino la típica pregunta: ¿Periodista?, ¿y de qué vas a vivir?

El matriarcado que gobernó la vida de Juan Carlos se esforzaba por cubrir con dignidad tanto las necesidades como las formalidades. A la abuela le enfadaba que su nieto andara por ahí como quiera o que la fuera a recoger a sus reuniones vestido con pantaloneta, chancletas y gorra. A su madre, por otra parte, le preocupaba lo mal que le iba a su hijo en matemáticas. Cada vez que tenía que pasar a la pizarra, se quedaba en blanco, con el marcador en la mano y la boca abierta. Nunca pasó de 15 sobre 20, regular. “Mi mamá me buscaba tutores, que luego le decían: ‘Señora, a su hijo no le da, esto no le gusta’. Entonces, ella rogaba: ‘Hijo, haz un esfuerzo, por lo menos, pasa el año’.

¿Un pésimo estudiante de matemáticas es el reportero económico de Ecuavisa?

Imagínate, las ironías de la vida.

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Habrá que revisar dos veces esos reportajes

ja, ja… Todo el mundo me dice eso. “JuanCa, ojo, pilas con esas cifras”. En cuarto curso tenía que elegir la especialidad y me fui a Sociales. Mi mamá estuvo reacia, pero mi abuela se puso la camiseta. Después, para la universidad, ellas y mis hermanos averiguaron los cupos en las facultades de leyes, diplomacia… Pero yo ya veía en las noticias a María Cecilia Largacha, Félix Narváez, Dagmar Thiel, Milton Pérez, Diego Oquendo, Jorge Ortiz. A los periodistas de televisión. Suena pretencioso, pero yo quería estar ahí.

¿Por qué ese afán por “estar ahí”?

Cuando se cayeron las Torres Gemelas (en Nueva York) no quería ir al colegio. Me enganché con la transmisión y empecé a preguntarme qué debía hacer para estar ahí. Cuando ocurra algo, yo quiero estar ahí; cuando caiga un presidente, yo quiero contar eso. Mi mamá estaba preocupada porque yo veía tantas noticias. “Hijo, trata de ver otras cosas”. Yo hacía los deberes con don Alfonso y Teresita (Teresa Arboleda). Después llegó la televisión por cable y veía National Geographic, todo lo que hay bajo el agua… Mi mamá: “Hijo, anda a socializar”. Bla, bla, bla… Pero yo ya me había enamorado de la comunicación.


¡Sácalo de aquí!

Antes de terminar el colegio, Juan Carlos -el menor de tres hermanos- viajó a Quito, a casa de unas tías, con el fin de buscar una universidad para estudiar Periodismo. Su hermano mayor, dedicado a la informática, vivía en Nueva York y su hermana, especialista en contabilidad y finanzas, en Guayaquil. En la capital eligió a la Salesiana (UPS), porque había la especialidad de Periodismo de investigación. Su madre no quería que estudiara eso y tampoco que se fuera de Esmeraldas, pero el rector del colegio Sagrado Corazón, el padre Vicente Vivero, fue contundente en su consejo: “Sácalo de aquí”. El cura tenía fe en el muchacho, aunque no sirviera mucho para las matemáticas.

Dejaste a tu familia, a tu ciudad ¿y, para colmo, para estudiar periodismo?

ja, ja… ¡Y encima, a estudiar periodismo! Pero lo que no sabía mi mamá era que yo tenía hambre, como si no hubiera comido en tres días. Hambre de conocer gente, de conocer medios, de aprender a redactar, de contar historias…

¿Cómo empezó tu carrera?

Recuerdo que el profesor Patricio Rosas (de la UPS) decía que solo las pasantías nos iban a permitir entrar a un medio. Recuerdo que para un trabajo de la universidad me pasaron el contacto de Hernán Higuera (reportero de Ecuavisa) y yo me emocioné. Luego me pasaron el de Félix Narváez (reportero político que trabajó en Ecuavisa) y sentí que tocaba el cielo, solo con su número de teléfono, sin hablar con ellos. Desde entonces, yo soy muy fan de mis colegas. Cuando me preguntan a quién admiro, contesto ‘a mis colegas periodistas’. Y bueno, hice pasantías en la radio de la Casa de la Cultura (segundo semestre), en radio Latina Tropical (cuarto semestre), TC Televisión (sexto semestre) y Teleamazonas (octavo semestre).

¿Qué tal la primera experiencia en televisión, en TC?

En mi primera cobertura como pasante, en 2007, el presidente (de entonces) Rafael Correa iba a estar en (la iglesia) de La Compañía. Allí estaban todos estos monstruos consagrados del periodismo y yo haciendo la típica: (simula el gesto de situarse junto al personaje y meter el micrófono sin hacer preguntas). Por eso también promuevo mucho las pasantías. Una cosa es la universidad, la teoría y el texto, y otra es estar acá, en el accidente, con los muertos, en las protestas, corriendo detrás de un ministro, con un entrevistado incómodo… Y bueno, probé en TC, pero me quedé picado.

En tus palabras: tenías hambre.

Sí, seguía con hambre. Luego hice una pasantía en Teleamazonas como asistente del jefe de piso para el programa De 9 a 10, con Patricia Terán y Renán Ordóñez, no como reportero. Yo contestaba las llamadas para las entradas al cine, ja, ja... O sea, ya había probado el reporterismo en TC y ahora estaba conociendo el detrás de cámaras. Recuerdo que hubo una vacante en En corto, pero yo dije que no, que yo a En corto le tengo respeto.

¿Por qué no En corto?, ¿querías “periodismo serio”?

Sí, sí, sí. Por eso y porque en En corto se necesita mucha creatividad y me daba un poco de miedo. Luego, estando en el último año de la universidad, me fui a un proyecto de Ecuador TV y el Ministerio de Cultura por varios países de Sudamérica. Regresé cambiado, más maduro. Cuando egresé de la UPS, a inicios de 2009, me llamó María Belén Loor, que era la directora regional de TC, y me dijo que quería hacerme un casting. ¿Qué tema tienes?, me dijo. Yo: “Esteee…, el hueco en El Trébol”. Ella: “Pero eso ya hemos contado”. Yo: “No sé si han contado la cantidad de tráfico; yo vivo en Los Chillos y paso por ahí todos los días en el (bus de la cooperativa) Vingala”. Y dijo: “Ok, probemos, pero cómprate una chaqueta”. Así me contrataron en TC. Yo no tenía ni credencial, pero me subía a los buses, entrevistaba a la gente, al chofer… En marzo de 2009, mi primera cobertura fue de un obrero al que se le incrustó una varilla en el cráneo. Luego vino la H1N1, todo lo relacionado con tránsito, la comunidad… En TC estuve tres años y medio, de los cuales año y medio cubrí de todo.

¿Y por qué te fuiste?

Volvemos al tema del hambre. Yo le veía al Fabricio Vela (periodista político) en la Asamblea, a Javier Cevallos que cubría economía… Y yo también quería eso. No importaba lo que fuera. Entré a la oficina de María Belén y le dije que Fabricio estaba enfermo, que yo podía ir a la Asamblea. “No, ya hay remplazo”. Pasaban unos meses y otra vez: “No, no, Juanito, usted hágase una nota de qué pasa si la gente no usa el cinturón de seguridad”. Con el ‘Juanito’ ya me minimizaba. Y yo ya llevaba tres años en TC.

¿No hubo coberturas importantes en TC?

Recuerdo que hubo una rendición de cuentas de Correa. Esa noche no dormí; me llevé los periódicos a la casa para leer sobre política. Me emocioné. En la cobertura, hasta impostaba la voz, para que se me note mayor, más creíble, ja, ja. En el 30-S también trabajé desde las 08:00 hasta las 08:00 del siguiente día, 24 horas sin parar. Ahí es que me enamoro de las protestas; fue espectacular, ¡eso de las bombas! Me acordaba de cuando era niño, en el feriado bancario, y veía cómo la gente de Esmeraldas se llevaba los cajeros automáticos. De pronto: “Juan Carlos, se cayó un árbol en La Alameda”. Me subestimaron por la edad y yo quería hacer más cosas. Ahora, en Ecuavisa, hago (cobertura de) comunidad y valoro mucho el contacto con la gente, pero en ese momento yo quería aprender más cosas; no quería quedarme ahí.

Entonces, se dio el paso a Ecuavisa.

Un domingo de agosto de 2012, casi a la medianoche, me llamó María Isabel Carmigniani, que estaba en Ecuavisa. “Amigo, mete la carpeta en el canal”. Fui y me entrevistó el director de Noticias (de esa época), Darío Patiño. “¿Usted maneja fuentes en el Gobierno?”. No. “¿En el Ministerio de Defensa?”. No. “¿En el de Economía?”. No. Pero le dije que justamente por eso quería entrar a Ecuavisa. Yo ya sabía contar las historias de los barrios, me conocía Pichincha al revés y al derecho, ya salía en vivo… Me dijo: “Hasta luego”. A mí ni siquiera me importaba cuánto me iban a pagar.

Contratado, casi enseguida.

Entré. Recién llevaba un mes y un día Darío dice: “Señores, no vamos a trabajar como siempre se ha trabajado en Ecuador; vamos a trabajar como la prensa escrita”. Yo, de verdad, le tengo respeto a la prensa escrita. “Ya no quiero que hagan los temas de los periódicos, quiero que los periódicos hagan los temas de Ecuavisa”, dijo. Nosotros nos quedamos pálidos. “No quiero abrir el noticiero con la rueda de prensa, la cobertura de agenda, Carondelet, quiero temas propios, análisis, data”. Y así empezó la restructuración de contenido (y de fuentes). El 90 % de los periodistas pidió hacer política. Yo no sabía. El lunes siguiente, en la cartelera del canal, vi ‘Juan Carlos Aizprúa, fuente principal: Economía’. Yo, que estaba en los tres meses de prueba, pensé que no iba a durar. Con todos esos traumas de las matemáticas en el colegio… A mis amigos y a mi mamá les decía “seguro me van a botar”. La sufrí. Hoy llevo diez años en la fuente económica y puedo decir que es como haber hecho una maestría en economía. Lo que hizo Darío fue importante, aunque al inicio nos quejábamos.

QUITO. Juan Carlos Aizprúa, durante la transmisión de la emisión estelar del noticiario de 'Ecuavisa'. Foto: Carlos Granja Medranda Foto: Carlos Granja Medranda

La fama, el ‘mareo’ y el periodismo

En 2014, a los dos años de haber entrado a Ecuavisa, Juan Carlos se enfrentó a su primer gran reto: remplazar a Alfonso Espinosa de los Monteros, que había viajado a Guayaquil a un compromiso profesional. Al poco tiempo, don Alfonso, como se lo conoce en todo el Ecuador al mítico periodista, se fue de vacaciones. Otra vez, el elegido para sustituirlo fue el joven Aizprúa. Que la emisión estelar y la de los viernes requieren un nuevo rostro, allí estaba ya el remplazo. Es decir, de trabajar como un reportero más pasó a ser, de a poco y de una manera casi inconsciente, la nueva figura de uno de los noticiarios más vistos del Ecuador. Se vino, entonces, una cascada de hechos y sensaciones: cambios de horario, ajustes de imagen, responsabilidad y más responsabilidad, fama y más fama. Un territorio extraño. Los seguidores de sus redes sociales se multiplicaron, sus compañeros ya no lo veían igual y las audiencias se engancharon. Juan Carlos reconoce que estuvo a punto de “marearse”, de que la popularidad se le suba a la cabeza y de que el ego comience a flotar por encima de sus méritos. Sin embargo, sus compañeros y el terremoto de Pedernales lo devolvieron a tierra firme, al periodismo puro y duro.

Siendo aún muy joven aún, con menos de 30 años, fuiste protagonista de muchos cambios en Ecuavisa.

Los cambios son necesarios. A veces tienes que salir de tu zona de confort. Como cualquier persona que se cambia de casa o de país y se pregunta ¿y ahora? Pero hay que hacerlo. En ese sentido, el cambio que hizo Darío fue positivo. Aprender, desaprender y reaprender. Sin perder las bases del periodismo, porque te puedes marear.

¿Te puedes “marear”?

Marear por la tecnología, la fama, el reconocimiento, los likes, los seguidores… Un ejemplo es el típico video de un accidente que tiene 500.000 vistas. Alguien estuvo en el momento preciso y grabó el choque, los heridos, la moto debajo del bus… Todo el mundo comparte y el que grabó está feliz, tiene medio millón de vistas y tal vez se siente periodista-influencer. ¿En algún momento preguntó qué pasó con el chofer?, ¿esperó a que llegue el servicio de accidentes?, ¿sabe cuántos heridos hay?, ¿cuántos fallecidos?, ¿habló con testigos? Esas preguntas se hace un periodista y no importa cuántos likes haya tenido.

Bueno, las redes se caracterizan por esa inmediatez.

Sí, pero hay que hacer una pausa y ver estos cambios con cabeza fría. Creo que, en general, nos dejamos llevar por la corriente, por la tecnología, los likes, las vistas. Nos dejamos arrastrar y creemos que eso es lo correcto y lo único. De pronto, viene alguien que te frena y te dice: “¡Hey, cuidado, tienes que contrastar la información!”. Claro que debemos aprender a manejar todas estas herramientas digitales, porque son parte del oficio, ya no podemos echarnos para atrás, pero si nos sentimos mareados, hay que sentarse y analizar. A mí me ha pasado un sinnúmero de veces.

¿Cómo bajarse de ese “mareo”?

Por mis colegas. En Ecuavisa hay un grupo de periodistas muy profesionales que están preocupados por las bases del periodismo, por la audiencia, por la rigurosidad, no por los likes.

QUITO. Antes del noticiero estelar de Ecuavisa, Juan Carlos Aizprúa debe prepararse en el camerino. Foto: Carlos Granja Medranda. Foto: Carlos Granja Medranda

Sin embargo, la fama es la fama. Mientras más le conocen a un periodista, más presión hay en las redes y, de pronto, este se ve en el dilema de ser periodista o influencer.

Yo estuve en ese conflicto un tiempo. Sales en la televisión y vas a un supermercado, a una farmacia, a un restaurante, y te reconocen, te piden una foto. En las redes sociales, subes una foto y te comenta gente que nunca te ha visto en persona, desconocidos que te empiezan a escribir, a halagar, y te preguntas ¿qué está pasando aquí?

Hay periodistas rentabilizando su exposición en redes, sobreponiendo su imagen personal al periodismo.

Allí hay dos cosas que antes cuestionaba de forma radical y que, con el tiempo, aprendí a separar. Por un lado está el ego: ‘quiero más seguidores, más likes’, ‘soy lo mejor que ha parido el periodismo’, ‘todo el mundo me ve’; y por el otro lado está el ‘necesito monetizar mi trabajo’. Es el negocio versus la necesidad. Hay esos dos aspectos.

En la red también te encuentras con quienes se presentan como periodistas y son activistas.

Es un tema complejo. Yo soy activista de animales, estoy en contra de las corridas de toros, ayudo a fundaciones para que adopten perros… Pero si te veo como activista político, hoy por hoy, te digo “deja el periodismo”. No mezclemos las cosas.

Ellos van a responder que tienen derecho a expresar y tener una posición política.

¿Quieres posicionar una ideología o una imagen de tal movimiento o tales actores políticos? No está mal, pero no lo confundas como periodismo. ¿Lo que dice el político al que le estoy haciendo activismo está bien y lo que dice su opositor está mal? Solo en eso estás violando una de las premisas del periodismo que es la contrastación.

Pero, por ejemplo, en tiempos de abuso de poder, ¿no te has visto tentado a entrar en redes a criticar a uno u otro político?

Es que yo no me caso con ningún gobierno, por tanto puedo criticar a cualquiera. Para las cosas buenas, ellos tienen sus equipos de comunicación. Yo soy periodista. Puedo cuestionar a un Correa, a un Moreno, a un Lasso, por supuesto, sin caer en groserías ni insultos.

Igual te insultan, en Twitter sobre todo.

Sí. Me han dicho de todo. Cuando he cuestionado a Lasso me han dicho que Ecuavisa tiene un correísta infiltrado y cuando he cuestionado al correísmo resulta que Juan Carlos es lassista. Pero está bien, me preocuparía de que me estén alabando solo de un lado. En lo que no estoy de acuerdo es en que colegas (al mismo tiempo que ejercen el periodismo) sean asambleístas, concejales… Allá cada uno con su conciencia. Pero o eres lo uno o eres lo otro.

QUITO (22-08-2022).- Los cambios no solo que son necesarios, sino que son inevitables, dice Juan Carlos Aizprúa con respecto de la tecnología, las redes y el periodismo. Foto: Alfredo Cárdenas Foto: Alfredo Cárdenas.

¿Ser la imagen del canal cambió tu vida?

Eso me ha provocado ser más de mi casa, más cuidadoso de lo que digo en redes, de lo que digo y hago en persona. Llevo una vida mucho más tranquila. De lunes a viernes, periodismo puro; fines de semana, más tranquilo, con la familia, las amistades. Soy mucho de disfrutar mi casa. A mí me gusta el vino, pero no me paso de la raya y si estoy en un lugar público, peor todavía. Si eso pasara, alguien me graba y podría decir que tengo alcoholismo. Se pueden inventar cualquier cosa.

Es el precio a pagar de una figura pública.

Por supuesto. Y estoy dispuesto a pagarlo, porque me gusta mi trabajo, porque siempre lo quise.

¿Te ves aún mucho tiempo en Ecuavisa?

Sí, claro. Yo estoy muy agradecido con Ecuavisa, porque me han preparado, me han tenido paciencia, he tenido apoyo de mis compañeros y de los directivos. Y, por supuesto, que aún tengo mucho que aprender. No soy de los que piensan que uno es presentador y ya llegó a la cúspide. No me veo así.

¿No asfixia la fama en la calle?

No. Cuando la gente es respetuosa, no. Me molesta cuando la gente es un poco invasiva. Pero hay que tener equilibrio. Yo soy muy tranquilo y relajado. Si tengo que ir a comer una salchipapa, voy; si olvidé pagar la luz, voy a la fila de la empresa eléctrica… Hay gente (de televisión e influencers) que va a eventos y fiestas, quiere mostrarse, pero yo no. Mis amigos me dicen “eres un poco quedado”, ja, ja…

El mundillo de la televisión tiene mucho de eso, ¿no? Mucha frivolidad.

Y te arrastra, te arrastra. Es muy frívolo. Y te deshumaniza. A veces, me molestan porque el fin de semana ando de buzo y gorra. Porque ya pues, de lunes a viernes que la chaqueta, la corbata, el maquillaje, la camisa, la barba, el pelo… Los fines de semana ando lo más relajado posible. Mira, yo crecí en una familia muy trabajadora, donde cada cosa costó mucho sacrificio. Tengo los pies sobre la tierra. Cuando se apaga la cámara, yo soy Juan Carlos Aizprúa, el esmeraldeño que vive en Quito desde hace 17 años, que disfruta con sus amigos, su familia y su perro.

Siempre es necesario contar con un cable a tierra.

Cuando remplacé a don Alfonso, en el 2014, tenía 27 años y estaba sentado en su puesto. Era una locura. Ahí, como que te quieres marear: “La gente ya me reconoce, me mira…”. Y, de pronto, viene el terremoto (de Pedernales, en abril de 2016). Si en algún momento me quise subir (se refiere al ego), hasta allí llegué. Para mí, el terremoto fue un antes y un después.

¿Por qué?

Cuando fuimos a la cobertura, la gente se pegaba al carro para pedir comida y yo, en mi ignorancia, no imaginaba la magnitud de lo que había sucedido. Al llegar, Pedernales estaba destruido, la gente lloraba en el micrófono, hacíamos transmisiones de dos horas seguidas, recién me pude bañar al cuarto día, caminaba sin zapatos, intentaba dormir con el riesgo de más temblores. Regresé deprimido, destruido emocionalmente. Pero eso me aterrizó.

La sensibilidad, un cable a tierra

Juan Carlos trabaja en el noticiario de la mañana y sale del canal antes del mediodía. Si no hay coberturas especiales que se crucen, completa la jornada en la tarde y noche con la emisión estelar de Televistazo. Esa es su semana laboral regular. Termina el día agotado y con la única idea de tenderse en su cama y descansar. No tiene que conducir, pues el departamento en el que vive está a media cuadra del canal.

En el departamento, todos los días, desde hace dos años, lo despide y espera un diminuto perro, al que bautizó como Coco, que con las justas le llega a los tobillos. Sin embargo, a este compañero de tantas batallas no hay cómo subestimarlo: ya ha destruido completamente los cobertores del sofá. En el hogar de este reportero de economía y presentador de Televistazo hay lo justo y necesario. “Menos es más”, dice, mientras posa para unas fotos. Acepta las indicaciones del fotógrafo. Una foto por aquí, otra por allá…

Al final de la charla se ubica en el centro de la sala, como en los tiempos en los que practicaba oratoria para las exposiciones de la primaria, solo que ahora tiene 35 años recién cumplidos, es una prometedora estrella de televisión, aunque su mentora de la infancia ya no está. Su abuela Victoria falleció el 13 de mayo de este año, luego de cuatro meses de un cáncer fulminante. Durante años padeció de diabetes, pero a Marisol le fue imposible encontrar las medicinas en el IESS y tuvo que comprarlas de su bolsillo.

¿El dolor es otro cable a tierra, no?

Ahora que presento el noticiero, siento, de verdad, a la gente que no tiene medicinas. ¡Mi abuela murió de cáncer hace tres meses! ¿Cuántas veces he ido a recorridos en el Andrade Marín (hospital del IESS), ¿cuántas veces a coberturas en la pandemia? La gente sabe que esa persona que está presentando el noticiero lo vivió. Los presentadores somos gente real. Y yo estoy ahí, para contarlo. (I)