Hoy me moveré un poco desde el ámbito laboral hacia el social, pues el trabajo es una de las expresiones más relevantes de las creencias y valores de una sociedad. Imágenes como las del policía que consoló al niño accidentado, los médicos que viajan a otras localidades para atender personas afectadas por COVID-19, la solidaridad de la población que se manifiesta ante los afectados por terremotos, pandemias u otras catástrofes, son noticias que hablan muchísimo de nuestra idiosincrasia. Por eso, si queremos potenciar nuestra forma de trabajar, tenemos que empezar por redescubrir y adoptar los valores de nuestra identidad, plasmándolos en nuestro accionar.

A simple vista podemos encontrar que el ecuatoriano, en general, goza de mucha creatividad, imaginación y adaptabilidad. Ante las complicaciones, siempre buscará maneras creativas de salir adelante. Recuerdo cómo, luego de un día en que Guayaquil apareció cubierta de ceniza volcánica, en el centro de la ciudad observé una persona vendiéndola envasada en pequeños frascos etiquetados. Y no me sorprendería que algún extranjero conserve ese souvenir en conmemoración del particular fenómeno natural.

El ecuatoriano también es resiliente, pues es capaz de afrontar las situaciones más extremas, pasando la página para empezar a construir un nuevo camino. Y en la solidaridad encontramos nuestra carta más fuerte, pues no dudamos en extender la mano ante los que nos necesitan.

Pero, como ecuatorianos, debemos desterrar de nuestro medio aquel decálogo de conductas antiéticas conocido como viveza criolla. Así, cuando veamos al apurado que se siente menos por respetar una fila, al que con premeditación quita la placa posterior de su vehículo, al que no sigue los procesos regulares y se lucra con prebendas que no le corresponden, deberíamos sentir repulsión, pues son conductas que deforman el rostro de nuestra identidad y contribuyen a la expansión de la destructiva pandemia de la corrupción.

Es posible sentir impotencia frente a la escandalosa corrupción, pero si nos involucramos aún estamos a tiempo de retomar nuestra identidad. Urgentemente necesitamos reincorporar nociones de moral y ética en la formación de niños y jóvenes, empoderar el papel del docente, devolver su sitio privilegiado a la familia, generar colaboración entre empresas e instituciones de educación, incluir el discernimiento desde la fe, y aprender a ensalzar los logros que promuevan la nobleza y dignidad de las personas.

Así como una fina garúa es capaz de hacer que un desierto florezca, la constancia de las acciones correctas podrá llevarnos, con el tiempo, a construir un Ecuador identificado con los valores del bien común, el desarrollo y el respeto a la persona. (O)

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