Por Roberto Aspiazu Estrada, especial para La Revista

Fue un estilo de vida asociado a familias guayaquileñas que prosperaron y se enriquecieron durante el segundo boom del cacao, entre 1870 y 1920, trasladando al medio local usos y costumbres de la belle époque de París (Francia).

Hubo un primer boom entre 1790 y 1842, esto es, desde finales de la Colonia e inicios de la Independencia, que sirvió de plataforma para este desarrollo que involucró a una saga de terratenientes de cuatro generaciones, en algunos casos.
Ecuador venía exportando cacao desde el siglo XVII con el embarque regular de 34 000 cargas al año con destino a Acapulco, México, pero las restricciones impuestas por la monarquía española de la Casa de Austria para impedir la competencia con el grano proveniente de Venezuela y Guatemala perjudicaron la actividad.

Para evitar a los piratas

La toma del puerto por parte de piratas europeos en 1683, que incendiaron la ciudad y tomaron rehenes para exigir rescate, determinó que la naciente burguesía comercial se interesara en comprar propiedades río arriba de los afluentes del Guayas, el Daule y el Babahoyo, como refugio ante la amenaza.

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Y privilegiaron invertir en aquellas zonas donde el cacao crecía de modo silvestre, empezando a desarrollar su cultivo.
Con el advenimiento de la Casa de Borbón al trono del Imperio ibérico, a inicios del siglo XVIII, se favoreció una política de libre comercio entre las colonias, lo que permitió recuperar la pujanza perdida.

En 1820, año de la independencia de Guayaquil, se exportaron por primera vez 100 000 quintales que se irían incrementando hasta 1842 cuando se produjo la epidemia de fiebre amarilla en la que fallecieron 5000 guayasenses y 3500 manabitas, ocasionando una catástrofe demográfica en la Costa que afectaría el desarrollo de la región en las siguientes dos décadas.

Se procuraría “enganchar” a mano de obra indígena de la Sierra, pero su efecto sería limitado por el concertaje, que impedía la libre contratación debido a deudas con sus patronos y al temor que se tenía a la mortandad por las enfermedades tropicales.

Actividad de presidentes

Desde los inicios republicanos los Gran Cacao, que constituían la élite social, económica y política guayaquileña, se identificaron con la ideología liberal que tuvo por precursor a Vicente Rocafuerte, que defendía la tesis de la triple libertad: política, religiosa y mercantil.

Una señal de esta creciente influencia y hegemonía es que luego de la revolución del 6 de marzo de 1845, todos los presidentes del periodo estuvieron vinculados a su explotación: Vicente Ramón Roca, comerciante; Diego Noboa Arteta, y los generales José María Urbina y Francisco Robles, dueños de plantaciones. Y lo propio la parentela de Gabriel García Moreno, quien les tomaría la posta en el poder.

La invención suiza del chocolate, mezclando la pasta de cacao con leche y azúcar, incrementó significativamente la demanda mundial del producto. De este modo, el promedio de producción en la década de 1860 de 163 000 quintales anuales se incrementó a 248 000 en la siguiente. Hasta 1890 se sembrarían 14 millones de matas y a inicios del siglo XX ascendían a 70 millones. Ecuador llegaría a producir entre un tercio y la mitad del grano a nivel mundial.

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Las grandes familias

En la Zona de Arriba, tal como se denominaba a los cultivos en la provincia de Los Ríos y la parte norte del Guayas, los Gran Cacao lograron acumular un creciente número de haciendas, que, de conformidad con el avalúo de su catastro, en 1904, se enlistaban: Aspiazu 59, Seminario 23, Puga 17, Burgos 24, Durán Ballén 6, Icaza 9, Avilés Pareja 16, Carmigniani 6, Véliz 6, Rendón 3, seguidos por otros 17 hacendados.

Al tiempo, en Balao y Naranjal estuvieron los Caamaño (dueños de la hacienda Tenguel de 50 000 hectáreas, la mayor plantación del país), Cucalón, Díaz Granados, Morla, Parodi y Luzarraga; mientras que en Yaguachi y Milagro, los Landín, Baquerizo y Linch, entre otros.

Casi todos eran familias criollas descendientes de hispanos de las regiones de España, eventualmente amestizadas. Y, en general, eran estirpes orgullosas de haberse esforzado y progresado gracias al cultivo de la “pepa de oro”.
En el caso de los Aspiazu eran originarios de Azcoitia, Guipúzcoa, y un par de sus ramas convergieron en Ecuador al final de la Colonia, prevalidos que el Rey Carlos III otorgó a la hidalguía del país vasco el monopolio del comercio del cacao en las Américas, como retribución a su lealtad en la Guerra de Sucesión.

Uno de ellos, Julián Antonio, se afincó en la zona de Vinces y Palenque, donde prosperó junto con su hijo Pedro que fue un auténtico montuvio; recién en la generación de los nietos se afincaron en Guayaquil hacia el último cuarto del siglo XIX, entre los cuales se destacó Lautaro Aspiazu Sedeño.

Los grandes productores fueron eventualmente exportadores y procuraron la integración vertical de su negocio, prevalidos de sus contactos con banqueros de Londres y París que financiaron la expansión de sus plantaciones. Se asociaron con importadores y distribuidores europeos para participar de los beneficios de la cadena de comercialización. Esto supuso internacionalizar sus empresas, lo cual los indujo a residir en la capital francesa, principalmente, brindándole a su prole educación de calidad mundial.

Pasaban durante el periodo lectivo en Francia y venían por vapor a pasar vacaciones en Guayaquil, trayendo la moda parisina.

Y así surgió la leyenda del Gran Cacao que condujo a Vinces a ser conocido, con cierta pretensión, como el París Chiquito.