El anuncio llegó, la ciudad está en semáforo amarillo y junto con varios cambios en las restricciones de movilidad y horarios de toque de queda, los restaurantes finalmente quedaron autorizados para abrir sus puertas y atender al público. Fueron largas semanas de espera y ahora tocaba decidir el primer lugar que visitaría.

Se me ocurrió que podía escogerlo pensando en cocineros, una opción fue Javier Urrutia, con sus platos ecuatorianos en Casa Julián, otra Juan Carlos Cartagena con su menú de autor en Zeru, ambos tienen cosas excelentes en sus menús.

Luego pensé seleccionar uno de entre marisquerías, parrilladas, taquerías o alguna cadena internacional, pero decidí apoyar a un restaurante que se ha mantenido activo durante el confinamiento y que además tiene un agradable ambiente que me trae gratos recuerdos, Il Buco.

He comido en Il Buco desde hace más de doce años cuando era un pequeño lugar anexo al desaparecido restaurante Villa Delizia, que quedaba ubicado frente al parque en la entrada a Urdesa. En esa época era una especie de delicatesen que vendía productos importados de Italia, como jamones, salamis y quesos de altísima calidad, además en un ambiente con pérgola, iluminado con focos que colgaban del techo, y ofrecía algunas preparaciones, especialmente pizzas.

En todo este tiempo Il Buco se ha adaptado muy bien a los cambios y a las oportunidades, ha dejado de ser una prioridad la venta de embutidos y lácteos para dedicarse a satisfacer otras necesidades de sus fieles clientes. Desde hace años vende productos congelados y refrigerados, como ravioles, canelones, sorrentinos o lasañas, además de las tradicionales salsas pomodoro, pesto o cuatro quesos, algunas proteínas y una amplia variedad de pizzas, las que también envía listas para consumir a domicilio. Todo esto le permitió acompañar en las mesas a muchas familias durante la cuarentena.

Mi regreso fue a Plaza Nova, km 3 de la av. Samborondón, donde es ahora su local principal (hay otro en Los Olivos); quería disfrutar de esa tradicional pérgola que se mantiene y hace tan acogedor el sitio. Fuimos los primeros en llegar, aunque ya eran pasadas las dos y treinta de la tarde del sábado. Me recibió Eduardo, el mesero que muy atento me explicó, mientras desinfectaba la mesa, las medidas de bioseguridad que se debían tomar y pidió que me limpiara las manos con alcohol.

Me senté en una mesa para dos y mientras revisaba el menú llegó una familia de cinco personas que buscaba sentarse también en la parte exterior y disfrutar de la agradable y fresca tarde, pero la absurda ordenanza sobre el uso de espacio en los restaurantes durante la emergencia sanitaria indica que solo pueden estar dos personas en la misma mesa, sin tomar en consideración si son de la misma familia. El mesero trató de convencerlos de que usaran una mesa en la parte de adentro en donde podrían estar todos juntos sin otros clientes, pero ellos prefirieron compañía, aunque se tuvieran que sentar en mesas separadas y conversar a la distancia.

“Aunque la música sonaba..., la atención fue de primera y la comida estuvo muy sabrosa, faltó la gente y ese ingrediente es muy importante...”.

Ordené de entrada el pulpo a la parrilla ($15,90), que estuvo en su punto. Luego, berenjena a la parmesana ($13,96), una porción muy generosa con varias capas que full sabor. De plato fuerte espagueti con salchicha italiana en salsa gorgonzola ($17,49), una delicia que se debe probar. Fue una experiencia algo extraña porque aunque la música sonaba y alegraba el lugar, la atención fue de primera y la comida estuvo muy sabrosa, faltó la gente y ese ingrediente es muy importante cuando comemos fuera. (O)