Dana (Nöelle Schönwald), personaje principal de La mala noche, parece ser una mujer segura de sí misma, fuerte y libre. Pero detrás de ese personaje de prostituta tan bien interpretado se esconde Pilar, una mujer desesperada que sufre por estar lejos de su hija, acorralada por una deuda que tiene que saldar con su proxeneta Nelson (Jaime Tamariz) y una drogadicta. En un momento de desesperación, Dana acude a su cliente más fiel, Julián (Cristian Mercado) buscando ayuda, pero al final nadie puede ayudarla, excepto ella misma. 

El filme de Gabriela Calvache nos presenta sin tapujos a estos personajes llenos de defectos y carencias que se desenvuelven en un mundo del que no pueden escapar. En este sentido la película tiene muchos aciertos como el uso de colores vivos cuando Dana está en su trabajo que contrastan con los monótonos tonos de su vida diaria o la oscuridad de la oficina de Nelson. Es un trabajo de producción pensado, no se han dejado las cosas al azar. Lo mismo podemos decir del vestuario o la música, que funcionan como elemento integrador en la narración.

Todos estos elementos están bien acompañados por el trabajo de Nöelle Schönwald. Es ella la que pasa por una diversidad de estados emocionales y sale airosa cada vez que está en la pantalla, ya sea como Dana, la glamorosa prostituta que siempre está en control de la situación, o como Pilar la madre desesperada cuyo corazón se rompe cuando logra hablar por teléfono con su hija enferma en Colombia, o como la mujer asustada y abusada, víctima de Nelson. 

El trabajo de sus pares masculinos, en cambio, tiene resultados mixtos. Cristian Mercado ofrece una actuación correcta como Julián: un hombre casado que se acuesta con Dana y se involucra más de la cuenta con ella, pero como en el fondo es un cobarde, la abandona en su momento más vulnerable. No es un personaje que brille particularmente, pero está bien resuelto. Jaime Tamariz es el encargado de interpretar a Nelson, el gran villano de esta historia, y como ocurre con muchos villanos, cae en el gran pecado de la sobreactuación. Su personaje es malo, malísimo y parece no tener ninguna otra dimensión. 

Pero no hay que echarle toda la culpa a él, ya que esto también es responsabilidad de la historia. El bendito guion al que tantas veces hemos hecho referencia. Este es el punto más flojo de La mala noche. No en el sentido de que la película sea aburrida ni mucho menos, pero sí en las casualidades o facilismos con los que se resuelven algunos de los principales temas de la cinta. El final es un cierre adecuado para esta historia, pero el cómo ocurre no deja de parecer precipitado y para ser el gran capo que se supone es Nelson, su personal de seguridad deja mucho que desear. 

En todo caso, se agradece una película como La mala noche, una muestra clara de que el cine ecuatoriano puede y debe ser más que las historias “costumbristas” que nos acostumbran presentar. Un comentario final: ojalá el público decida apoyar y darle una oportunidad a cintas como esta y no ocurra lo que sucedió cuando fui a ver el filme en su fin de semana de estreno en Guayaquil: 12 personas en la sala, y durante el transcurso de la función, 5 abandonaron la sala. Exigimos mucho del cine local, mucho más que de cualquier filme extranjero, pero también tenemos que poner de nuestra parte, sobre todo cuando el producto vale la pena, como es el caso de La mala noche.  (O)