El mundo está cambiando, la transformación digital está a la vuelta de la esquina, es real y ha venido a quedarse.  Considerada como la adaptación de los procesos de la empresa al mundo digital, algunos visionarios la afrontan como una oportunidad para reinventarse y ganar alguna ventaja sobre sus competidores.  

Sin embargo, en nuestro país, la urgencia de adaptarse a la transformación digital aún es incipiente, la resistencia al cambio es fuerte, y es frecuente todavía escuchar frases como “así lo hemos hecho siempre, y nos ha ido bien”. En estos casos, su peor enemigo es el propio éxito. 

Tal como lo fue la revolución industrial en su época, la transformación digital va a implicar un cambio muy profundo y radical.  Sin embargo, mientras  las máquinas no pudieron reemplazar la participación humana, la transformación digital sí podría desplazar a la persona si no hay una adaptación inmediata.  

Esta transformación requiere que nos preparemos como país, sociedad, empresa y persona.  

En primer lugar, es imprescindible afirmar que la transformación digital no es la simple adopción de tecnología, sino un asunto de desarrollar capacidades.

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Además de la indispensable técnica, es prioritario formar personas con capacidad de comunicarse, de ser flexibles a nuevas ideas, de promover la creatividad, de analizar las variables del entorno generando soluciones apropiadas, de entender las necesidades de los usuarios, de trabajar colaborativamente y de gestionar el cambio.  

En segundo lugar, es necesario volcarse a la experiencia del usuario.  Antes el cliente se acogía a la oferta existente, y su fidelidad estaba condicionada a la marca o las emociones que esta le producía.  

Pero hoy el usuario tiene muchas más opciones para escoger, tiene menos tiempo para buscar, la oferta de productos y servicios son muy similares entre sí, y además tiene el poder de expresarse siendo el promotor o verdugo de un servicio.  

Por eso, pensar “desde el punto de vista de la empresa” y no “desde la necesidad del cliente” es un error que se podría pagar caro cuando un competidor sea más hábil en su oferta.  

Finalmente, hay que visualizar el futuro, y veamos qué está pasando en otros países o continentes con mayor avance tecnológico.  

Desde bancos sin agencias hasta educación a la medida, los negocios tal como los conocemos van a cambiar, y si no lo hacen, probablemente pasen al recuerdo.  Para afrontar este futuro abierto, cambiante y desafiante, lo más estratégico será invertir en las personas desde hoy. (O)