Nunca fui buena para seguir instrucciones ni recetas, pero igual terminé en la dedicatoria de los cuatro libros de cocina de Gino Molinari solo por amor, que de eso sí sé. Y es que él se dejaba amar, algo que no muchos permitimos en nuestra vida. Le gustaba alimentar cuerpos y espíritus. Provocaba amarlo. Dejó tomos enteros de recetas para el alma. Parecía siempre estar en campaña, saludando a todos, postulándose para algún cargo, el mejor de todos, el de ser de bien.
Nuestra historia de amor empezó de niños en la Escuela Moderna, luego en lo laboral en Ecuavisa y siguió para siempre como compañeros de vida. A través de los años seguimos tratándonos con la misma pureza y cuando uno de los dos la perdía, estaba el otro para recordársela. Nos sacábamos del castigo autoimpuesto entre risas, como una guirnalda interminable.
Publicidad
A las personas divertidas se les perdona más de lo que merecen, pero no tuvimos nada que perdonarnos. Yo que me río tanto, podría decir que con quien más he reído ha sido con él. Hoy, cuando me ve llorando por su ausencia se me burla y me dice: “¿Pero por qué lloras?”, le pego su retada y termino riendo yo también. Las emociones saltan y se atropellan cuando lo siento y pienso a mi amigo de la infancia, adolescencia, adultez, preparto, posparto, más que un cocinero, que un político, un actor, un cantante, él era un alquimista. Siempre había un proyecto rondando por su cabeza, de repente ya era una realidad.
Nunca viajamos juntos, pero cuando nos juntábamos se abría un mundo de posibilidades. Si nos encontrábamos en un mall, nos íbamos acercando cantándonos una canción terminada en abrazo. Podemos viajar al país más exótico del mundo y hacer más evidente la distancia cuando vamos con la persona equivocada, pero lo contrario sucede cuando estamos en cualquier lugar con la persona perfecta.
Publicidad
Hace dos años, para su cumpleaños, le pidió a mi hijo Alejandro, su ahijado, que le dibujara un cuadro con su personaje favorito el Quijote de la Mancha. La escena ilustra al hombre que sobrevive al Quijote, sanado por el caballero de la Luna. Otra de las pasiones de Gino eran seres de otras galaxias.
Hace dos años, para su cumpleaños, le pidió a mi hijo Alejandro, su ahijado, que le dibujara un cuadro con su personaje favorito el Quijote de la Mancha. La escena ilustra al hombre que sobrevive al Quijote, sanado por el caballero de la Luna. Otra de las pasiones de Gino eran seres de otras galaxias.
Era un hombre de excesos; exceso de zapatos, de gafas, un ser comprometido con muchas causas. Conversaba con sus muertos y sus vivos. Estuvo rodeado también de envidia por sus logros, pero en eso no se quedaba.
Un sueño que recordaba con especial cariño, la Feria Gastronómica del Municipio, donde juntó a gente de diferentes rincones mostrando sus platos típicos.
Gino y su maravillosa hermana Gisselle ganaron algunos concursos de baile. Una vez bailé con él y terminé llorando en un baño, jurando que jamás volvería a salir de ahí de la vergüenza. Tenía once años, en casa de unos compañeros de primaria. Se burlaba porque sobresalía una enagua debajo de mi vestido. No recuerdo jamás haber sentido vergüenza de nuevo, eso también tengo que agradecerle.
Nos sanábamos por teléfono. Un día me llamó diciendo: “Te está invadiendo la tristeza, te veo sentada en tu cama y rodeada de tus guías abrazándote, pero me han dicho que estarás bien”. Otra vez le hice una sanación a distancia, me dijo que una luz verde fosforescente había inundado su habitación, era el arcángel Rafael. El día que él falleció, antes de ir a su casa a celebrar su cumpleaños, saqué una imagen del arcángel que tenía guardada, era un anuncio de lo que vendría después. Ya no hay más llamadas.
El 17 de noviembre Gino nos tendió una trampa, una fiesta sorpresa. Nos invitó a su cumpleaños, pero habría una doble celebración, porque ese mismo día después de apagar sus velas y cantar vi su mirada perdida, pensé otra isquemia, pero no, era la despedida definitiva. Me paré rápidamente, me puse detrás de él y su cabeza en mi pecho y mis manos en su sien… nos dio el regalo de verlo partir. Se acabaron las curaciones semanales, el agotamiento y las pruebas de fuego. Quien muere el día de su cumpleaños ha cerrado el círculo perfecto.
¿Defectos? Tenía tantos que no los voy a nombrar por si se me escapa alguno y después se me resiente.
Gino igual que el Quijote era un caballero andante. Hay personas de las que uno no se despide nunca, sigue conversando desde otro radar. Decía: “No me puedo morir hasta verte feliz”, “entonces deberías morir intermitentemente, así va y viene la felicidad”. También repetía: “Solo te soporto a ti y a Jaime” (Jaime Vinueza, un amigo del colegio). Yo le decía: “Pero ni él ni yo ya te soportamos”, y nos reíamos hasta toser y la intolerancia del que ya está harto hacía su acto de magia y desaparecía.
¿Qué vamos a hacer con todo este amor?
Jenny, su madre, mostró tanta fortaleza el día de su muerte y en días posteriores, que resultaba inapropiado demostrar más dolor que ella. Su relación con Dios es a toda prueba. La Virgen que estaba en el respaldar de la cama de Gino me la dio para mi madre, gesto que jamás olvidaré.
Solo sé que seguiremos riendo juntos hasta la eternidad, si es que tal cosa existe. Quienes te amamos nos heredamos unos a otros. Ahora tu alma tendrá otra identidad, otras huellas y otro nombre.