Guayaquil ha tenido arzobispos que han permanecido largos periodos y han calado en la vida pública y el corazón de los fieles católicos de la ciudad. Antonio Arregui Yarza, quien falleció este jueves 5 de febrero a los 86 años, es uno de ellos.
Fue una de las figuras públicas conocidas durante su arzobispado de más de una década (entre 2003-2015) en la catedral del centro. Arregui nació el 13 de junio de 1939 en Oñate, España, pero su amor por Ecuador lo llevó a obtener la nacionalidad tras décadas de servicio pastoral en el país.
Fue ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1964 y recibió la ordenación episcopal el 22 de febrero de 1990. Hablaba seis idiomas y contaba con una amplia preparación académica: doctor en Leyes por la Universidad de Navarra y doctor en Derecho Canónico por la Universidad de Santo Tomás de Roma.
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Antes de llegar a Guayaquil, se desempeñó como obispo de Ibarra, desde donde ya había ganado notoriedad por su claridad doctrinal y capacidad organizativa. Fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana y presidente del Departamento de Comunicaciones Sociales del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam).
Desde Guayaquil, Arregui consolidó un liderazgo más visible, convirtiéndose en una voz habitual en asuntos sobre familia, libertades, educación y vida democrática. Durante su gestión no huyó al micrófono ni a las cámaras cuando el país se debatía temas trascendentales.
Durante su gestión impulsó una red arquidiocesana de educación y salud con fuerte impacto social: más de 30 centros educativos en sectores populares, como la Isla Trinitaria; los centros de salud de Redima, que atienden a alrededor de 50.000 personas cada mes; y el fortalecimiento del Banco de Alimentos Diakonía. Por eso, cuando se retiró, sectores sociales y empresarios reconocieron su amplia labor.
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En 2015, al cumplir 75 años, presentó su renuncia al Vaticano, que fue aceptada por el Papa Francisco. Continuó como arzobispo emérito, publicó libros de prédicas recopiladas durante más de tres décadas y siguió acompañando comunidades pastorales en sectores como La Puntilla, la vía a Daule y Prosperina.
Cuando el Papa Francisco visitó Guayaquil estuvo varias horas con él. Esa experiencia la describió como un momento de profunda cercanía pastoral y renovación de la fe popular.
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Antonio Arregui decidió quedarse a vivir en Guayaquil, en la casa sacerdotal de Los Ceibos, por un vínculo que definía sin rodeos: amor por la ciudad y su gente.
Aunque por su edad ya no estaba tan activo como antes, sí participaba a veces de algunos actos públicos. El año pasado, precisamente participó en el lanzamiento del libro Juan Larrea Holguín, una vida con sentido.
Arregui reemplazó a Mons. Juan Larrea Holguín, otro influyente arzobispo, cuando este renunció también a los 75 años, la edad límite para desempeñar algún ministerio episcopal dentro de la Iglesia.
La muerte de Arregui cierra una etapa dentro de la iglesia porteña, marcada por una voz eclesial pública y liderazgo social visible, con un legado que se mantiene. (I)
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