Su nombre es Gloria. Tiene 21 años, vive en Guayaquil y canta desde que tiene memoria. Por eso, cuando le preguntan por qué entró al mundo de la música, admite que la respuesta no es sencilla.

La primera vez que cantó, recuerda, fue una experiencia física y emocional imposible de olvidar. “Se me desbordaron los sentidos; empecé a temblar. Para mí, cantar era como hablar y respirar”.

Durante años, la música no fue una meta ni un plan de vida, sino una constante. Cantó sin parar, pasó por academias, cursos, empezó a escribir canciones y a interesarse por el escenario y la performance. Con el tiempo, ese impulso natural se transformó en algo más profundo: una necesidad.

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En la adolescencia, Gloria atravesó momentos difíciles, entre ellos el acoso en el colegio. Los susurros, los comentarios y las cosas inventadas la empujaron a buscar refugio en el salón de música, donde representaba a su institución cantando.

Ese espacio se volvió seguridad. “Mi cabeza empezó a relacionar: cantando estás segura, cantando estás tranquila, cantando te sientes fuerte”. Así nació la idea de que al cantar había un poder interno, una forma de protección frente a las pérdidas, las despedidas y las heridas acumuladas desde muy temprano.

Entre los 18 y 20 años, llegó lo que ella llama su “punto de quiebre”. La música seguía siendo su refugio, pero también aparecieron las preguntas inevitables: qué estudiar, a qué dedicarse, cómo construir un futuro. Su respuesta siempre fue la misma: música.

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La reacción de su entorno no fue alentadora. “Aquí en Ecuador es supercomplicado”, le decían. Aunque sus padres fueron su principal sostén, las voces externas pesaron. Entró a la carrera de Música en la universidad, pero duró apenas tres semanas.

Se salió y cambió abruptamente de rumbo hacia Nutrición, motivada también por una experiencia personal con trastornos alimenticios. Sin embargo, la carrera no era lo que esperaba. Antes de terminar el semestre, lo confirmó: no era su camino. Los test vocacionales seguían marcando lo mismo: artes, música.

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En ese punto, llegó una oración. Gloria, creyente, fue al Santísimo cerca de su casa y pidió una señal. Menos de dos semanas después, recibió una llamada para reemplazar a alguien en un evento cantando. No quería ir. Estaba cansada y desanimada. Ese día, por primera vez, su mamá la acompañó. En ese evento conoció a Gianpiero, compositor y productor. Él la escuchó cantar y le preguntó: “¿Tú quieres dedicarte a esto? ¿Quieres lanzar algo?”. Aunque su mente le decía que no, su corazón respondió otra cosa: “Sí, siempre he querido esto”.

De esa conversación, de esa historia personal y de ese momento de vulnerabilidad nació Espacio, su primera canción. “Nació de una oración. La canción dice: ‘Ven a llenar el espacio, este vacío en mi pecho’. Para mí fue la respuesta a lo que yo estaba pidiendo”, explica.

El tema fue escrito y producido por el cantautor ecuatoriano Gianpiero, con Gloria involucrada en todo el proceso creativo. Se grabó en Borkis, el estudio donde ella había estudiado por años. La composición tomó alrededor de un mes, y todo el proceso (producción, video y lanzamiento), entre cinco y seis meses.

El videoclip fue dirigido por Pepe Barroso y María Fajardo, de Clyde’s House. La estética gira en torno a cartas, elementos antiguos y una atmósfera íntima. “Es una confesión de amor”, cuenta.

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Para ella, Espacio es más que un debut. “Es mi primera carta de amor al mundo”. Desde niña se imaginaba grabando un video, creando escenas, siendo observada por una cámara invisible. Por eso, el rodaje del videoclip fluyó con naturalidad.

Musicalmente, el sencillo es una cumbia pop tropical que combina goce y confesión. “Es un grito de ‘Ya no me quiero callar’. Una canción que se puede bailar y sentir al mismo tiempo, que habla de sanar, de llenar vacíos, de amor real”, señala.

Actualmente, Gloria ya trabaja en nueva música junto con Gianpiero. Tiene canciones en demo, que exploran sonidos pop tropicales y baladas, sin encasillarse en un solo género. (E)