Era 2018 cuando Giovanna Rivero se despedía de su hermano, cuyos restos descansaban debajo de la tierra que ella aún sentía húmeda. “Recuerdo estar parada al borde de lo que va a ser su último lugar y cómo mis zapatos se iban hundiendo en la tierra por que todavía estaba blanda. Esa sensación para mí es una de las más dolorosas”, confiesa. Este sentimiento lo canalizó en la palabra, dando forma al último cuento que cierra Tierra fresca de su tumba, su más reciente obra, que además presentó en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil.

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“El título viene de uno de los cuentos donde el personaje está recordando la tumba de su madre, y este contraste entre la textura orgánica blanda, viva de la tierra. Además de la contundencia en la muerte”, comparte en una entrevista con este Diario.

Rivero es una escritora que proviene de Santa Cruz, Bolivia, y en su último libro reúne seis cuentos, que ella los define como de largo ambiente. “El lector se va a encontrar con personajes de distintas raigambres, porque tengo ancianas, tengo adolescentes que viven en los años 70 y que migran con una tía alcohólica a Canadá, se va a encontrar con comunidades sectarias, muy fuertes como los menonitas; se va a encontrar con náufragos que están a punto del canibalismo”, describe.

“Se van a encontrar con la especie humana, nada extraordinario, lo que somos”, añade.

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‘Tierra fresca de su tumba’, Giovanna Rivero

Dice, además, que su obra incorpora criaturas que ama mucho. Una de ellas es el ciervo, animal que fue parte de su estadía en Nueva York. “Observé muchos ciervos, su caminar, su comportamiento, el modo de andar en grupos, y me pareció bello, hermoso a los ojos, vulnerable”, menciona.

Se trata de un libro que transita por el amor, la injusticia, la esperanza y el abismo. “La percepción humana está llena de matices y también de engaños, entonces esas percepciones son las que hacen también en mis cuentos que el realismo llegue a su límite y de pronto se abra un portal a otra cosa”, expresa Rivero.

Dos de sus cuentos incorpora a otra de sus pasiones la farmacéutica. “En el libro hay dos cuentos Socorro y Hermano ciervo, en el que los medicamentos transforman a los personajes, transforman sus cuentos, sus psicologías y sus destinos. Y justo el último cuento (Hermano ciervo) es sobre la industria farmacéutica”, cuenta.

Y es que esta fascinación proviene de niña, cuando en su sed de lectura leía hasta los prospectos de los medicamentos. “Esta narrativa que parece tan árida a mí me apasionaba porque me hacía pensar en que había un saber allí que no estaba a mi alcance (...) el medicamento tiene esta ambivalencia que me parece maravillosa, que lo mismo que te sana, te puede matar. Entonces, su principio venenoso me parece fascinante”, apunta.

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Su obra conjuga el horror, el abismo, la tragedia y la distopía con la poesía. La presencia de criaturas podría darle un aire gótico, pero ella prefiere no encasillar su trabajo. “La idea del gótico me parece interesante, pero no deseo que mi escritura fuera puesta en la estantería del gótico y no salga de allí. Esas son formas de empobrecer la literatura...”, dice.

Una ficción desde lo personal

De izquiera a derecha: Fernanda Trías, Mónica Ojeda y Giovanna Rivero participaron en la mesa redonda 'No somos un Boom: Escritoras en el Horizonte Latinoamericano', en el Centro de Convención de Guayaquil. Foto: José Beltrán

Rivero dice que no busca una escritura solipsista en este último libro, sin embargo, admite que toda creación lleva la energía propia de su autor. “La escritura no es un acto de despersonalización, en la escritura están nuestros afectos, lo que no impide que la imaginación haga su gran trabajo alquímico y transformador de crear personajes en los que no es posible que no haya nada aparentemente reconocible de la biografía de una autora”, señala.

Antes que Rivero plasme algo en ‘papel’, estuvo mutando en su imaginación, y es que ella prefiere llegar a “límites insoportables” para entrar en acción con la palabra. “La escritura es una constante toma de decisiones, lo llevo al personaje para acá, lo traigo, escribo en primera, en tercera... antes de llegar a ese momento yo me he compenetrado muchísimo con mis personajes, con mi historia; de tal manera que cuando llego a este momento de sellar ese compromiso con la letra, la escritura va a mostrarme su luz, la que me tiene reservada”, sostiene la autora de otros libros como Para comerte mejor, 98 segundos sin sombra, La dueña de nuestras sueños, entre otros.

Su conexión con la escritura fue algo impulsado por su propia madre, afirma. “Desde que era niña mi madre me decía -vos vas a ser escritora, porque qué gran lectora que sos-. Mi madre estaba empujándome a un camino, que ella lo veía muy claro para mí...”, relata y admite que en ciertos momentos sintió un resentimiento hacia ella, en especial cuando empezó a publicar y los resultados no eran los deseados.

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Fueron los cuentos de hadas parte de sus referencias, y aunque en un principio le costó admitirlo, ahora lo dice con plena naturalidad. “Los cuentos de hadas me siguen pareciendo una cantera de posibilidades, de significación maravilloso. Cuando ha habido esta corriente de revisionismo, y de decir -Caperucita no puede ser comida por el lobo-, -que la Bella Durmiente no puede pasarse de 100 años durmiendo-, -digo sí-, porque de alguna manera estás matando arquetipos y hay que entender el arquetipo más allá de los géneros”.

Para la boliviana toda escritura parte de una zona de dolor. “Escribimos porque hay algo en el mundo, que no nos parece codificado, que necesitamos crearles un lenguaje, una semiótica”.

Su libro se encuentra a la venta en librerías como La Casa Morada y Librería Española. (I)