Esta entrevista coincide con un día ajetreado para Ángela Arboleda Jiménez; congresos, clases, talleres y citas médicas están previstos en su día. Pero en medio de toda la agenda de ese martes separa un tiempo para conversar vía telefónica con este diario.

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Confiesa que extraña hacer un proyecto personal, pero entiende que ahora su prioridad es terminar su tesis (para su carrera de danza), mientras continúa como docente en la Universidad de las Artes. Y es que admite que tiene una necesidad por ser hiperproductiva con la que lucha actualmente, dándole un merecido espacio a la calma. “Me da la impresión de que no hay derecho a parar, si me pongo a descansar me entra la culpa, estoy luchando con eso en estos momentos de mi vida (...) estoy tratando de aprender a disfrutar de los momentos de ocio”, manifiesta.

Ángela Arboleda en el recordado espacio cultural El Altillo.

La gestora cultural, escritora y referente de la tradición oral del país cuenta que hace poco descubrió un nuevo gusto: hacer máscaras. “Me puedo pasar lijando una máscara por horas”. Dentro de estas horas de “ocio” también están los momentos juguetones con su gato Teo Alejandro y su reciente reencuentro con el piano, a propósito de la artrosis que le diagnosticaron. “La única manera de vencer los dolores es activando la musculatura, y entonces últimamente he retomado la práctica de piano”, revela.

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Arboleda se describe como una persona tranquila, que prefiere quedarse en casa, reunirse con sus amigos y reírse a carcajadas con ellos. Admite que de niña y adolescente fue tímida, pero que ahora lo es menos. “En el escenario puedo ser muy irreverente, en mi vida cotidiana soy un poco más ordenada. Estoy casada con un tipo super disciplinado, pero en escena es una bestialidad (...) pienso que es el escenario es donde rompe las estructuras, pero para eso debe haber una seriedad en los procesos”, menciona.

Su amor por la tradición oral

Ángela Arboleda es una apasionada por la lectura. Foto : Francisco Verni Foto: El Universo

Arboleda descubrió la tradición oral como género escénico tras ver una función en Sarao, donde Raymundo Zambrano presentó un número que cambió su vida. “Me reconectó mucho con los aspectos familiares cercanos, por el lado de la línea materna, que yo hace mucho había anulado”, dice la mujer que en la adolescencia había sentido una negación de esa raíz. “Te hacen sentir vergüenza del origen montuvio. Cuando vi este espectáculo sentí mucha nostalgia del abuelo, reconocí muchas cosas heredadas de la abuela”, agrega.

Sin embargo, reconoce que habitamos en una sociedad altamente oral. “En todas las familias hay alguien que cuenta historias, chistes, o que es medio es el bromista de la familia (...) en ese sentido, por el lado materno siempre he tenido tíos, primas, muy orales, muy hablantinas, mi mamá tiene una manera muy loca de contar el cotidiano”, sostiene.

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La narradora oral Ángela Arboleda menciona que cada presentación en público es un desafío.

Sus relatos provienen de conversaciones con personas de las comunidades, de hecho, menciona al recordado Papá Roncón como una de sus influencias. También lo cotidiano la ha impulsado a crear, como los viajes en bus que hace años hacía, su amor por la lectura y al arte en general. “Casi para toda creación me impulsa un texto que encuentro en algún libro, canción o en una película”, expresa Arboleda, quien puede dedicar un día a una serie completa. Sus favoritas son las de corte psicológico, detectivesco, o que tengan que ver con los asesinos en serie, pues le interesa entender la maldad que puede desarrollarse en una persona.

Las caminatas en Guayaquil también solían nutrirla durante su proceso creativo, pero considera que la mirada ha cambiado. “Ya no es ese Guayaquil absolutamente abierto, colorido, feliz, escandaloso desde la alegría (...) ahora siento que es el ruido del caos el que enferma, ya no es el sonido de una ciudad viva, sino que siento que es una ciudad que grita miedo, que grita horror, que grita violencia, todo es agresivo”, reflexiona minutos antes que una ‘escandalosa’ moto irrumpa la conversación.

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Arboleda menciona que en la ciudad y el país también falta fortalecer la formación de públicos. Antes de terminar esta plática enlista las deudas existentes con el arte. “Tenemos una gran deuda en Guayaquil y en Ecuador en general, en cuanto a la gestión de público (...) nuestra educación básica y media tiene una deuda enorme con las humanidades, tiene una deuda enorme con el arte y la cultura, es tristísimo encontrar docentes que no tienen absoluta sensibilidad de estos universos”. (I)