En Europa se puede vivir de la stand-up comedy; es complicado y toma tiempo llegar al nivel en el que se atrae suficiente público, pero sí, es posible, dice el comediante guayaquileño Ricardo Andrade Malo, mejor conocido en las redes por sus iniciales, @rrrrrrrrrrrrram.
Educado en la Universidad Casa Grande, y criado “en las duras calles de Samborondón”, se fue a Barcelona a estudiar y terminó consiguiendo trabajo temporal. Ahora está en medio de una gira que hizo sold out en Lisboa, Valencia, París, Bruselas, Milán, y que este mes lo llevará a Londres, Madrid, y en junio de vuelta a la tierra, a Quito y a Guayaquil.
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En paralelo sigue haciendo funciones en Barcelona, que no son parte de la gira, explica, sino una manera de probar sus chistes para la siguiente obra, que saldrá en 2027, si todo va bien.
“Lo que tiene el stand-up es que puedes escribir todo el show, pero no sabes si realmente es chistoso hasta que lo pruebas en vivo. Y tienes que probarlo un montón de veces para darte cuenta de si estás usando la palabra correcta, si lo estás diciendo en el ritmo correcto, si estás usando el ejemplo correcto”, enumera en entrevista con este Diario.
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Porque lo que más hace el estandapero, asegura, es escribir. “Escribes muchísimo, y mientras más tiempo lo haces, más tienes el bichito, el chip, y entiendes la estructura de cómo se presenta un chiste”. Además, este formato tiene una ventaja: que siempre hay quien está de acuerdo con ir a ver un número que aún no está terminado. Una obra en construcción con público en vivo.
“Tú puedes hacer un montón de cosas: escribir, ensayar, pararte frente al espejo; pero, hasta que no lo cuentes en vivo, no tienes cómo saber, porque esto es comedia en vivo. Por eso es que hay un boom en los últimos cinco o siete años, porque se siente muy en vivo, muy crudo, no hay cuarta pared. A la gente le gusta eso”.
Una de las formas de entrar en confianza son los open mic o micrófonos abiertos. “En Guayaquil hay uno; lo manejan los chicos de Lapsus Comedy. Y cuando yo vivía en Guayaquil estaba ahí todos los miércoles probando en espacios más cortos, pues nos dan cinco o siete minutos para ver si a la gente le interesa”.
Así se afilan detalles, se cambian palabras y se filtran los chistes internos de los que resuenan con la audiencia. “Entonces, cuando lo has preparado lo suficiente, puedes presentar una obra más congruente, que funcione, que esté conectada entre sí”.
En la tarima (o sin ella), Ricardo no actúa, no gesticula marcadamente, su expresión a ratos se ve neutral mientras su público pasa del shock al reconocimiento y a la risa. “Eh, esa es mi personalidad”, aclara. “La gente se da cuenta si intentas ser alguien que no eres. El stand-up te pide ser auténtico”.
Aquí, al contrario que en la comedia teatral, la exageración no genera conexión. “Pasa mucho que actores de televisión o de teatro quieren hacer comedia en vivo y no lo logran —observa—, porque vienen a actuar y la gente no quiere ver actores; quiere ver personas contando sus puntos de vista, sus ideas locas”. Sin embargo, no se considera purista: si alguien logra hacer reír a la gente, pues, ya está.
Ricardo empezó a hacer stand-up en Guayaquil en el 2017, a los 23 años. “En esa época todo esto era monte. No había nada”, recuerda. Trabajó en un grupo llamado Pelados Comedia. Aprovechaban las fiestas pequeñas. “Obligábamos a nuestros amigos a escucharnos hacer chistes”. Luego se unieron a Kevin Fernández y Andrés Vera. “De hecho yo presenté el primer open mic de Guayaquil, en 2018”.
Se fue a Barcelona a hacer un máster en Gestión Cultural, queriendo profesionalizarse. Trabajó dos años en la universidad, tiempo en el cual se cuestionó lo que estaba haciendo. Pero decidió aprender a crear contenido y promoverse en redes sociales.
Los videos cortos permiten apreciar el humor de Ricardo, ecuatoriano e irreverente. ¿No hay temas sagrados en el humor? “Yo creo que no debería haberlos. Siento que el comediante tiene la responsabilidad primera de hacer reír”. En lo personal, evita los temas que le parecen “repetidos”, como las bromas sobre la homosexualidad. “Llevan treinta años riéndose de lo mismo, que para mí resulta aburrido. Hace treinta años pudo ser gracioso; ahora no sé. Si algún humorista quiere hacer chistes con eso, pues que lo haga, igual el público decide”.
Añade que existe una responsabilidad adicional. “Cuando empiezas a tener una audiencia mayor y un alcance, la gente te escucha y se guía por lo que dices, sobre todo en estas épocas en que el mundo está loco”.
Para subir de nivel, opina, el show del estandapero debe tener un mensaje. No tiene que ser tan profundo que se pierda el humor, pero debe estar ahí. “La gira que estoy haciendo es, de cierta forma, un comentario no político, pero sí social”. Esta es “la comedia del tercer mundo”, llena de las experiencias del migrante latinoamericano. “Aquí te encuentras con opiniones un poquito raras sobre la gente de Latinoamérica. Este show es una reivindicación de que está bien ser de Ecuador, está bien ser latino, está bien ser de Perú, de Bolivia, de Puerto Rico, de Costa Rica, de Argentina, de cualquier parte”.
Por ahora, su público es mayoritariamente ecuatoriano, hasta un 70 %. En ciertas ciudades ha hecho dos funciones porque los compatriotas llenan la primera.
Ricardo es parte del pódcast El latinómetro, con el venezolano Leonardo de Jesús. Entrevistan a gente de todo el mundo; no solo latinos, pero es una especie de debate sobre quién es más latino. “Celebra los contrastes y las concurrencias entre Latinoamérica y el resto del mundo”. Él considera que, culturalmente, Ecuador va bien, dando pasos.
Conquista Don’t estará en Django Cervecería el 12 de junio; la fecha en Guayaquil aún no está confirmada. Con que haya un micrófono basta. “Es muy de guerrilla, y eso es muy bueno porque permite adaptarte a cualquier espacio, y es muy malo porque permite adaptarte a cualquier espacio”, ironiza, recordando sitios atestados pero también un patio de comidas que les dio una tarima de tres metros de altura. “Experiencia casi política”. (E)