Todas aquellas personas que sienten que el sexo con que nacieron no coincide con su identidad, o que no los representa, buscan la manera de acercarse a su respectiva preferencia. Algunas se someten a cirugías, para que su cuerpo coincida con su sentimiento interno. En épocas pasadas tratar este tema era un tabú. Los psicólogos definían a esta incompatibilidad, entre la conformación corporal y el género, como un “trastorno de identidad”. Hoy se lo considera lo que en realidad es: una preferencia de identificación de género.

Existen ejemplos que demuestran la calidad de la discusión. En 2019, la Corte Suprema de los Estados Unidos ratificó el veto del presidente Donald Trump a personas transgéneros en el ejército de ese país. Expresamente señalaba que: “la política prohíbe servir en el ejército a personas transgénero, que requieren o han pasado por una transición de género”. Eso decía el documento del veto, pero en sus alocuciones Trump lo explicó a su manera: “Se define el género, por los genitales que se tiene al nacer”. Esa discusión también se trasladó al campo deportivo, cuando Caitlyn Jenner (antes Bruce Jenner campeona olímpico en decatlón en 1976), que se convirtió en mujer transgénero en 2015, expresó su oposición a que niñas transgéneros participen con niñas en torneos deportivos escolares. Como era de esperarse, activistas la criticaron severamente al afirmar que ella no los representaba, ni era una idónea defensora de la causa.

Lo que se conoce es que ya cinco estados de EE. UU. han aplicado leyes que limitan que jóvenes transgéneros puedan participar en deportes. Mientras esas discusiones valorativas ganan espacio en sociedades progresistas, el deporte de alta competencia siempre ha tenido reparos sobre dar licencia a las competencias sin discriminación.

Hay casos emblemáticos que la historia recoge sobre estas contradicciones, como una de los años 30 del siglo pasado con Mildred Didrikson, nacida en Texas, quien poseía rasgos poco femeninos. La calificaban en sus tiempos como hombruna por su forma de vestir, su cabello muy corto y porque no le agradaba el maquillaje. Practicaba deportes fuertes y destacaba en casi todos, desde el béisbol hasta el boxeo. En ciclismo era admirada por su potencia, luego brilló en el atletismo y fue atleta en los JJ. OO. de 1932, donde ganó oro en jabalina y en 80 metros con vallas. Con el pasar del tiempo Didrikson declaró que para participar en Los Ángeles 1932 debió soportar un momento vergonzoso, al tener que demostrar ante tres médicos su sexo. Luego del examen respectivo se terminaron las dudas. Llegó a ser campeona internacional en golf y en la primera mujer en ingresar al Salón de la Fama de ese deporte.

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Otro caso que mucho se comentó fue el de Reneé Richards, tenista profesional, quien se operó para cambiar el sexo y se inscribió para participar en el Circuito Femenino de Tenis, ante el rechazo de las demás tenistas. En la década del 70, el joven Richard Rasking no soportó la angustia que sentía y decidió, con base en la cirugía, cambiar de sexo y llamarse Reneé Richards. Se inscribió en un torneo femenino en California. Medía 1,90 metros y tenía músculos definidos y la prensa decía que era un varón vestidos de mujer. La Asociación de Tenis de Estados Unidos, ante el reclamo de las tenistas, obligó a Richards a someterse a un examen de cromosomas, requisito que usaba el COI para identificar el sexo, cuando existía alguna duda.

La tenista transgénero rechazó el test y al sentirse ofendida llevó su caso a la Corte, que le dio la razón. Participó, con notas de protestas de sus rivales, en el US Open de 1979 y llegó a semifinales en ese Grand Slam jugando dobles mixto como mujer. Se retiró pronto por tanta polémica y Martina Navratilova, en 1982 la contrató como entrenadora. Richards se sintió siempre orgullosa de ser la primera en demostrar que era posible.

Las más altas competiciones deportivas mundiales se preocuparon por el nivel de discusión que se generó por la comprobación del género que imponían los máximos organismos. La primera prueba era la constatación presencial de los órganos sexuales ante médicos. Hubo reclamos contra varios deportistas, como Caster Semenya, atleta sudafricana, que por su portentoso físico y potencia fue denunciada en el Mundial de Atletismo de Berlín 2009, tras ganar los 800 metros con una gran diferencia en tiempo respecto al segundo lugar. Pocas horas después de su sonado triunfo, el malestar de sus rivales se hizo público.

Vino la obligatoria prueba de género que la propia Semenya denunció; dijo que no hubo respeto, ni discreción y que atentaron contra su privacidad. Los resultados se mantuvieron en secreto.

Recién el 11 de septiembre de 2019, el periódico The Daily Telegrah, tras una investigación, reveló que la atleta tenía una anomalía cromosómica (no tenía útero, ni ovarios, y tenía testículos internos). En el 2010 la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo la autorizó a competir como mujer. Fue medallista olímpica en las citas de Londres 2012 y Río 2016.

Autorización del COI

La sorpresa llegó desde Lausana, Suiza, cuando el COI en el 2019 autorizó la participación de transgéneros, si podían demostrar que su tasa de testosterona no sobrepasa durante un año a la determinada cinco nanomoles por litro. La reacción de la Save Women’s Sports (SWS), organización que defiende el sexo genético original en competencias deportivas, solicitó que esa medida sea suspendida. Alegaron que la sustentación científica de los niveles de testosterona durante un año no anula la ventaja masculina sobre las deportistas femeninas. El COI se mantuvo firme en su decisión.

Expertos creen que fue una “aberración” esa ratificación y que tuvo que ver con intereses personales al sentirse identificados importantes directivos que invocaron la importancia de los códigos de derechos humanos que rigen, sobre todo en Europa, aunque no se detuvieron en analizar los principios biológicos.

Hay que mencionar que en el equipo de fútbol canadiense la jugadora Quinn marcó un precedente histórico, en ser la primera persona transgénero no binaria (es un concepto utilizado para describir a una persona cuya identidad de género no es ni hombre ni mujer) en 2016 y oro en Tokio 2020. Y en esta cita la neozelandesa Laurel Hubbard fue en la primera atleta abiertamente transgénero en competir en unos JJ. OO. en una categoría de género diferente a aquella en la que nació. La pesista, que se sometió a tratamiento hormonal para modificar su género, por su profundo deseo de dejar de ser hombre y vivir como mujer, se fue con las ganas de ganar al fallar sus tres intentos. Deja una puerta abierta para la generalización, ante la liberalidad del COI. Hasta dónde se podrá llegar, no lo sabemos, pero imaginamos que no pasará mucho tiempo para que haya controversias. (O)