Los símbolos de los diversos torneos deportivos, de la talla de los mundiales o de Juegos Olímpicos, tienen también su historia. Se llega a la conclusión de que son alegorías retóricas y abstractas que identifican una realidad o un concepto sensible. Los afiches, mascotas y en especial las canciones que sirven para recordar el certamen terminan siendo, con el pasar de los años, himnos solemnes o temas musicales populares.

Los mundiales de fútbol tienen muchos de estos símbolos. Por ejemplo, desde que Uruguay recibió la sede de la primera Copa del Mundo, en 1930. Pero vale hacer la consideración de que antes de esa fecha las disputas olímpicas de balompié eran consideradas como mundiales y se puede comprobar mediante documentos que avalan que la FIFA organizó directamente el fútbol en los JJ. OO. de París 1924 y Ámsterdam 1928. Los reconocimientos fueron expresivos tras esos logros olímpicos: “Uruguay, campeón de fútbol mundial”. Razón tienen los charrúas de poner cuatro estrellas en su camiseta celeste, considerando también a los mundiales oficiales de 1930 y 1950. Por aquello, las canciones que conmemoran esos títulos son veneradas como himnos.

Realizada esta aclaración, al Mundial 1930 no solo se lo reconoce por todo lo que significó para Sudamérica organizarlo, sino que la FIFA elaboró un afiche que hoy es una obra de arte significativa en la historia de este torneo. Recién en el Mundial de Inglaterra 1966 se agregó como un nuevo símbolo a la denominada mascota, que Inglaterra la mostró con orgullo. Era un león vestido con los colores de su bandera. La diseñó Reg Hoye, dibujante de libros para niños, quien explicó que el león era un ícono histórico inglés desde 1154, cuando el rey Enrique II en su descripción heráldica incluyó un león armado. Después lo perennizaron con la presencia de Ricardo Corazón de León. Esa rica historia les dio un patriótico simbolismo a los ingleses, en aquel recordado Mundial. Los himnos en memoria de los certámenes deportivos también tienen un reconocimiento sentimental. No es para nada extraño que una de las más reconocidas sea la de Italia 1990. Un’estate italiana es considerada la mejor canción en la historia de los mundiales, no solo por su hermosa música, sino por la frescura de su letra, que habla del verano italiano y lo relaciona con lo ardiente del espíritu competitivo.

Los Juegos Olímpicos y sus símbolo también tienen historia y anécdotas que contar. Hace poco leía con detenimiento un artículo de César Torres, doctor en filosofía del deporte y docente de la Universidad de Brockport en Nueva York, titulado ‘El nuevo lema olímpico y sus implicancias’.

En su didáctica explicación contaba que el lema ampliamente reverenciado en el movimiento olímpico “Citius, altius, fortius” (más rápido, más alto, más fuerte) fue adoptado en 1894, cuando el francés Pierre de Coubertin instituyó el Comité Olímpico. El eslogan es referenciado como una “filosofía de vida, o un código de conducta”. Desde mi punto de vista son criterios implícitamente ligados, pero conceptualmente diversos en su práctica. Debieron pasar 127 años para que la pandemia que sufre la humanidad sea un llamado a la conciencia y para que el lema del COI convalide el concepto de filosofía de vida.

Ocurrió cuando el actual presidente del COI, el alemán Thomas Bach, mencionó hace pocos meses una palabra que tiene una trascendencia infinita (communis). Y la explicación para su inclusión contiene una reflexión de solidaridad, que termina completando el lema olímpico cuando la humanidad está afectada críticamente por el coronavirus. Ella misma debe responder “más rápido, más alto, más fuerte y juntos” sobre todas las cosas.

El olimpismo exhibe sus cinco aros entrelazados, con colores diversos que representan a los continentes. Cada anillo tiene un color especial: azul, negro, amarillo, verde y rojo, colocados en dos filas sobre un fondo blanco. Esta paleta de colores se eligió con el fin de que todas las banderas de los países tuvieran representadas, al menos, en uno de esos colores. Además, los cinco anillos representan en su totalidad los cinco continentes: Oceanía, América, África, Europa y Asia. Al mismo tiempo están entrelazados entre ellos como símbolo de unión.

Hay otras versiones que afirman que la simbología es una adaptación romántica e interesada, cuando en la realidad lo que quiso el barón de Coubertin fue escoger los colores y representar los tonos de las banderas de los primeros participantes. Se dice que los aros tienen una explicación matemática indiscutible porque son el símbolo del movimiento continuo y total.

En los JJ. OO. hay otros símbolos significativos, como la antorcha olímpica, complementada con el rito del relevo en su traslado. Significa el resplandor eterno, los rayos solares de la inmortal Olimpia, de Grecia. El sonido de las trompetas y la corona de laurel alcanzan la espiritualidad que debe conjugar entre el ganador y el perdedor. Y, por último, las medallas de oro, plata y bronce también tienen su explicación y es bíblica. Se remonta a las ofrendas en el tabernáculo: el oro, la deidad; la plata, la redención; y el bronce, el juicio. Solo quienes las poseían podían entrar al tabernáculo, lugar para los sagrados.

Pero también algunos de estos símbolos de los máximos eventos deportivos tienen sus propias anécdotas, que con el tiempo se han convertido en leyendas. Por ejemplo, la historia trágica de la primera Copa de los Mundiales de fútbol, la denominada Jules Rimet, que la ganó definitivamente Brasil, por la conquista de sus tres coronas de 1958, 1962 y 1970. El trofeo fue robado y fundido hace 38 años por unos desalmados que convirtieron a este símbolo histórico del balompié en oro de uso callejero.

El olimpismo tiene un acontecimiento inédito. Se conoce que Pierre de Fredy (barón de Coubertin) creó en 1914 una bandera para el Comité Olímpico Internacional. Su confección, con el más costoso lino irlandés, recién lució en Amberes 1920. La presencia de esa bandera en citas olímpicas fue corta debido a que en la clausura de 1920 desapareció. Es recién en el 2000, en un acto solemne del Comité Olímpico de Estados Unidos, en Filadelfia, que Harry Prieste interrumpió la ceremonia para declarar que él poseía la bandera perdida. Prieste tenía más de 100 años y era sobreviviente de los Juegos de Amberes 1920. Había sido un deportista olímpico estadounidense ganador de la medalla de bronce en salto de trampolín, en esa cita.

Con una tez arrugada y un rostro cándido, declaró que por una apuesta donde ganó unos dólares se metió en la noche al estadio olímpico, escaló los cinco metros de la asta, desató la bandera y se la llevó. La dejó guardada todos esos años en la misma maleta de cuero con que llevó a esos Juegos Olímpicos. Cuando se le preguntó por qué la devolvió Prieste, nacido en 1896, contestó sin ningún escrúpulo: “La gente me recordará más por haberla devuelto, que por haberla robado”. Este símbolo icónico de los JJ. OO. hoy luce en el Museo Olímpico, en Lausana.

En fin, los símbolos deportivos de los máximos certámenes deportivos mundiales siempre tendrán un antes y un después. Los de antaño están llenos de romanticismo; los de hoy, llenos de mensajes marqueteros. Una gran diferencia entre lo que significa optimizar los réditos económicos y los que han trascendido en la filosofía de vida. (O)