Faltaban algo más de 2 kilómetros para llegar a la meta, e incrédulos y emocionados, veíamos cómo la bicicleta de color blanco, con su distintivo tricolor sobre el trinche de la rueda delantera, se deslizaba por las vías del legendario Circuito Internacional de Fuji. Su piloto, nuestro compatriota Richard Carapaz, con un pedalear rítmico, aumentaba su alejada del resto mientras el cronómetro se acercaba a las 6 horas. La concentración de Carapaz era admirable. Sus gestos de satisfacción los veía el mundo.

Cuando observó el letrero que indicaba 500 metros para el final, hizo una rápida revisión de cuán distantes estaban sus feroces perseguidores y ese fue el momento en que se animó a golpear al timón una, dos y tres veces y con los brazos extendidos. Con una reverencia cruzó la meta e ingresó al portón de la gloria.

Mientras todo eso sucedía, en Ecuador amanecía más temprano. “¡Richard Carapaz ganó la medalla de oro!”, así se despertaba a los que no pudieron resistir las 6 horas, 05 minutos y 26 segundos que empleó el carchense para cubrir los 234 kilómetros. La noticia devoró las redes sociales con la grata novedad de que un ciclista ganó otra presea de oro para Ecuador en Juegos Olímpicos, en la modalidad de ruta. Habían transcurrido 25 años desde que Jefferson Pérez realizara una hazaña idéntica, pero en 20 km marcha. Carapaz se convirtió en tendencia mundial por la trascendencia de su triunfo. Las estadísticas indicaban que era el único ciclista en la historia en subirse al podio de las tres más importantes carreras (Vuelta a España, Tour de Francia y Giro de Italia) y además ganaba oro olímpico.

La emoción que experimentaron los carchenses fue inmensa. Un artista plasmó la gesta en una pintura en la carretera en la vía a Julio Andrade. La obra está al pie de la residencia de los padres de Carapaz, en Playa Alta, comunidad de origen del ciclista, en la parroquia El Carmelo, en Carchi. Esta obra perdurará para siempre. A veces me pregunto: ¿Qué habrá pasado por la mente de Carapaz, además de su estrategia, durante las 6 horas de competencia?, ¿el tiempo que iba consumiendo?, ¿cómo respondería su resistencia? Todo aquello es lógico en un atleta de alta competencia, pero es obvio que en esas largas 6 horas muchos otros pensamientos se agolparon en su memoria. Tal vez recordó su infancia, pesares y angustias, injusticias y reivindicaciones que la vida le ha permitido hacer realidad. Ese solitario trayecto, camino al oro olímpico, esas memorias que solo él las sabe, forman parte de su patrimonio espiritual privado. Carapaz estaba tan consciente de la responsabilidad y de la gran oportunidad que significaba competir en los JJ. OO. que parecía que hasta la celebración la había preparado.

Luego de hidratarse para mitigar el calor del verano japonés, se levantó las gafas y a la primera cámara que tuvo cerca le hizo un gesto expresivo de alegría, pero se lo veía calmado. Entre aplausos y con la prosa del vencedor, caminó al podio y cuando sonaba la canción patria, fijó su atención a su bandera, con respeto y orgullo. Vinieron sus palabras, cuando atendió la llamada del presidente de la República, Guillermo Lasso, y después se dio tiempo para lanzar al mundo ese mensaje atronador: “El oro me pertenece, en Ecuador nunca han creído en mí, festejaré con quienes me apoyaron”. Para variar, los sepultureros de las acepciones, que abundan en nuestro país, le quisieron dar otro sentido a lo que Carapaz dijo. El peso de sus frases doblegó a los contradictores, que intentaban vulgarmente de calificar a la Locomotora de Carchi como detractor de su propio país. La fuerza del mensaje de Carapaz aplastó la mala intención de los mal concebidos intelectualmente.

La prensa internacional se llenó de elogios para nuestro ciclista. Marca, de Madrid, rotuló: ‘El ataque de Richard Carapaz fue de Oro’; L’Equipe, de París: ‘Carapaz en la cima de un podio real’; La Gazzetta dello Sport, de Italia: ‘Carapaz mágico’, y AS, de España, haciéndose eco de los comentarios del campeón olímpico, tituló: ‘Carapaz monta un incendio tras su oro’. Y en El Diario Montañés, de Santander (España), en un artículo del periodista Igor Barcia, se recalcó que fue el ‘El oro de un llanero solitario’. La ecuatorianidad del éxito siempre estará ligada a los antecedentes de Carapaz. Su madre lo parió en la hermosa tierra del Carchi, por sus venas corre sangre ecuatoriana y en sus múltiples triunfos lo hemos visto arroparse con nuestra bandera. En su rebeldía incluyó el nombre de Ecuador y aunque sonaba doliente, no lo era. La gran mayoría entendió que era dirigido para los dirigentes, algunos de ellos desvergonzados, que han ocupado el cargo dirigencial revestidos de una autoridad vacía, pero llena de ignorancia e indolencia. El mensaje de Carapaz de que el deportista nacional está desamparado permanentemente conseguirá su reivindicación cuando todos esos dirigentes enquistados en varios organismos y que han utilizado su cargo para elevar sus egos, gozar de los viajes más placenteros por los países más exóticos del universo, se retiren por la puerta de atrás de las instituciones deportivas que hoy gobiernan.

Tuvo que ser Carapaz quien destapó la olla de grillos y lo hizo empoderado por su condición de multicampeón y medalla de oro olímpico. Ese aval de méritos le otorga la autoridad para poner en el tapete un tema que desde hace mucho tiempo vienen denunciando otros deportistas maltratados. Solo la habilidad de nuestros dirigentes para hacer el cuche cuando viene la ola permitió archivar duras acusaciones, como la del atleta que ganó oro para nuestro país con zapatos con huecos, o las del que prestaba a rivales implementos para poder competir, o los que hacían rifas para reunir los valores para poder viajar y subsistir durante la competencia.

El silencio del COE

Luego de nuevas denuncias presentadas en plenos JJ. OO. el ministro del Deporte, Sebastián Palacios, confirmó que los ciclistas llegaron sin mecánicos, entrenadores, fisioterapeutas y que esa responsabilidad es exclusiva del Comité Olímpico Ecuatoriano, que recibió los recursos económicos y no cumplió. Palacios también dejó claro que se hará un análisis del uso de recursos y que será la Contraloría General del Estado la que determine si hubo utilización indebida de los recursos económicos.

Sobre el tema, el presidente del COE, Augusto Morán Nuques, sorprendentemente no se ha pronunciado y es que el problema no fue solo con los ciclistas; también las representantes de tiro olímpico denunciaron falta de entrenador. Lo que sí se conoce es que dirigentes no faltaron en esa extensa lista de privilegiados viajeros. Las ofertas de Palacios no pueden quedar solo en eso. No le queda de otra, porque en esta primera experiencia al ministro del Deporte lo bautizaron los mismos de siempre y él pecó de confiado. Fue absorbido por la actual estructura dirigencial organizada para controlar todos los poderes e instaurar la politización de los cargos. Es una consigna lamentablemente que tiene vigencia. Si el mensaje portentoso de Carapaz no tiene eco, si no se expide en la Asamblea una nueva Ley del Deporte, si siguen los mismos dirigentes, si el ministro sigue pecando de confiado, entonces todo seguirá igual. Estimado presidente Guillermo Lasso, convierta al deporte en política de Estado y seguro no deberemos esperar 25 años más para conseguir otra medalla olímpica. (O)