lunes 04 de agosto del 2008 Columnistas

Paccha Mama

Pachamama o más usualmente pacha (del aymara y quechua pacha: tierra y, por extensión bastante moderna “mundo”, “cosmos”; mama: madre –es decir “Tierra madre”–) es la gran deidad, entre los pueblos indígenas de los Andes Centrales de América del Sur.

Pachamama es descrita como “una deidad incorpórea, no localizada; es la Tierra en un sentido profundo, metafísico; es lo de abajo, pero no el suelo o la tierra geológica, así como tampoco el cielo cristiano es el cielo cosmográfico. La Pachamama es todo, explica todo y si bien, repetimos, no está localizada, particularmente se la ubica singularmente en ciertos lugares naturales (ojos de agua –manantiales–, vertientes, cerros) o construidos (hoyos, apachetas –especie de mojones, constituidos generalmente por pequeños montículos de piedras–). No obstante, se trata de una deidad, inmediata y cotidiana, que actúa directamente y por presencia y con la cual se dialoga permanentemente, ya sea pidiéndosele algo o disculpándose por alguna falta cometida.

“La Pachamama no es una divinidad propiamente creadora, pero sí es protectora; cobija a los hombres, posibilita la vida y favorece la fecundidad y la fertilidad. A cambio de esta ayuda y protección, el pastor de la Puna Meridional está obligado a ofrendar a la Pacha parte de lo que recibe, no solo en los momentos y sitios predeterminados para el ritual sino, particularmente, en todos los acontecimientos culturalmente significativos, configurándose así una suerte de reciprocidad” (Merlino y Rabey 1983). La caracterización que hacen los antropólogos Rodolfo Merlino y Mario Rabey para el culto a la Pachamama en el noroeste argentino coincide en rasgos generales con las presentadas por Earls y Silverblatt (1976) y por Valderrama Fernández y Escalante Gutiérrez (1977) para los Andes del Perú. Sin embargo se la considera asimismo con una faz negativa: la Pachamama tiene hambre frecuente y si no se la nutre con las ofrendas o si casualmente se la ofende, ella provoca enfermedades.

Los quechuas y los tiwanaku y otras etnias agricultoras de la región andina, realizaban ofrendas en su honor, sacrificando auquénidos para derramar su sangre. Entre otros objetos se ofrecían hojas de coca, conchas marinas mullu y sobre todo, el feto de la llama, según una creencia para fertilizar la tierra sin que faltara jamás la cosecha, este tipo de ofertorio suele llamarse en los Andes centromeridionales “corpachada”.

Con la llegada de los españoles y la persecución de las religiones nativas (llamada en esa época “extirpación de idolatrías”), la Pachamama comenzó a ser muchas veces invocada a través de la Virgen María.

Actualmente se mantiene y conserva el sistema de creencias y rituales relacionados con la Pachamama, practicada principalmente por las comunidades quechuas y aimaras, y otros grupos étnicos que han sufrido la influencia quechua-aymara, en las áreas andinas de Ecuador, Perú y Bolivia, pero también en el norte de Chile y noroeste de Argentina. A través de los migrantes, se ha expandido a numerosas ciudades y grandes metrópolis modernas como Buenos Aires, por este motivo se puede ver ocasionalmente en tal ciudad (especialmente en los 1990 y a inicios del presente siglo) a gente que, por ejemplo, vuelca un poco del vino o la cerveza que está por beber diciendo: “antes para la pacha”.

La Pachamama, más las deidades Mallku y Amaru, conforman la trilogía de la percepción aimara sociedad-naturaleza; y sus cultos son las formas más antiguas de celebración que los aimaras aún realizan en la actualidad.

El ritual central a la Pachamama es la challa o  pago  (tributo). Se la realiza el primer día del mes de agosto, durante todo el mes, y en muchos lugares también el primer viernes de cada mes. También se realizan ceremonias a la Pachamama en ocasiones especiales, como al partir de viaje o al pasar por una apacheta. Según Mario Rabey y Rodolfo Merlino, antropólogos argentinos que han estudiado la cultura andina desde la década de 1970 a la de 1990, “el ritual más importante es el challaco. Challaco es una deformación de los vocablos quechua  ch’allay y ch’allakuy, que se refieren a la acción de rociar insistentemente (Lira 1941: 160 y 161); en el lenguaje corriente de los campesinos del sur de los Andes Centrales, la palabra challar se usa como sinónimo de ‘dar de comer y beber a la tierra’. El challaco, tal como se practica en la zona estudiada (Merlino y Rabey 1983: 153-155), abarca una compleja serie de pasos rituales que comienzan en las viviendas familiares la noche de la víspera, durante la cual se cocina una comida especial, la tijtincha, y que culminan en un ojo de agua o la toma de una acequia donde se realiza el ritual principal a la Pachamama, con una serie de ofrendas que incluyen comida, bebida, hojas de coca y cigarros” (Rabey y Merlino 1988).

La religión centrada en la Pachamama se practica en la actualidad en forma paralela al cristianismo, al punto tal que muchas familias son simultáneamente cristianas y pachamamistas (Merlino y Rabey 1983).

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