Por igual, sin entender de discriminación, abraza a todas y todos arrebatándoles el aire. Cuando no es a nosotros que besa en los labios, nos deja la dolorosa tarea de deshacernos de los cuerpos inertes en los que solíamos sentir calor. ¡Eso sí!, no sin antes emperifollarlos con el marmoleado color con el que los pinta después del último aliento que les extrae; y, sin mostrar ninguna pena, nos obliga a depositarlos debajo de la tierra. Acostados o parados, según el caso y el bolsillo de los deudos, los consignamos y los convertimos en navegantes inertes en la sentina adornada del planeta a la que hemos llamado cementerio.
De allí, ella, no los dejará salir jamás. Por más que creamos que los hacemos volver a través de la nostalgia y pensemos que nos visitan en las rondas traidoras que nos hace nuestra memoria, ellos y nosotros estamos perpetuamente sentenciados a no abrazarnos más.
Aparece sin anunciarse. Cae de sorpresa llevándose el color, la piel, la sangre, los sonidos, la voz, el olfato, el olor, la pasión y un pedazo de cama. No entiende de edades, ni razas. Irónicamente gira por el mundo diciéndonos que por lo menos ante ella, todas y todos somos iguales; y talvez sea por esa razón por la que no tiene rival que la supere en su tarea equitativa.
Bailes, inciensos, máscaras, sacrificios, oraciones y lutos son los cultos que la inteligencia humana ha inventado como manifiesto indeleble que no claudicará jamás ante su existencia. Pues no ha habido momento en la humanidad que la razón no se haya atravesado negándole el camino a la muerte. Y como nada puede hacer, de manera radical y definitiva con ella, su mejor opción ha sido pintarla con visos de puente hacia la eternidad.
Sea la pasarela hacia un mundo sin fin o sea que represente la nada en el sentido inimaginable de la palabra, la cuestión es que aún no podemos convivir alegremente con ella. Tiene la misma edad que la vida, y entre esta y aquella, nos encontramos nosotros, los mortales. Entre sus diferencias y semejanzas, sobrevivimos sin entender del todo, la razón de las dos.
Cuando la vida nos rinde pleitesía y nos mira directo a los ojos, vemos cuán poderosa enemiga es de la muerte, capaz de atropellarla sin dejarle rastro. En cambio, cuando sentimos el soplo helado de la muerte, nuestra existencia, en cuestión de segundos, se convierte en rama vulnerable de otoño.
No tenemos poder sobre ellas y no hay manera de saber cuál de la dos conquistará lo infinito. Solo contamos con la sencilla certeza que nuestro tránsito, talvez y solo talvez, podría asirse a la senda fecunda y eterna con la que se promociona la vida, en la medida que nos olvidemos de ser individualmente inmortales y nos alojemos como huéspedes incondicionales en la faena de aquellos otros mortales que buscan la paz y la justicia, en un planeta que aún no entiende que todos tenemos derecho a vivir y morir con dignidad.