La sensación de que uno es bruto se atenúa cuando se encuentra con otro bruto.
El otro día coincidí con un amigo cincuentón y nos pusimos a hablar de esas cosas de las que hablan dos amigos cincuentones: pura tontería. La familia y esas cosas. La política y esas cosas.
Lo realmente importante ocurrió cuando –el destino lo tenía escrito– sonó su teléfono celular y a él se le iluminó la cara: secretamente había estado esperando esa oportunidad de oro para mostrarme que poseía uno de esos ejemplares de última generación, cuyo precio es inversamente proporcional a su tamaño. Apenas terminó su charla pasó a narrarme la cantidad de servicios que ofrecía el artilugio, a través del cual podía incluso entrar al internet.
– ¿Y cómo entras al internet?, le pregunté por seguir la conversación. Igual podía haberle preguntado si era vegetariano o si había leído el último número de la revista ruedas&Tuercas.
– Bueno, es algo muy sencillo, pero todavía tengo que afinar ciertos detalles consultándolos en el catálogo.
Escuché la palabra catálogo y me puse alerta. Le pregunté si él era de aquellos que podían entender lo que explican los catálogos.
No tuvo más remedio que confesarme que no, a pesar de que había hecho todos los esfuerzos. En realidad lo que estaba esperando era que regresara su hijo de vacaciones, porque a pesar de que había pasado tres noches en vela estudiando el catálogo, lo único que había entendido era que no entendía nada. En cambio –añadió– nuestros hijos vienen con la tecnología incorporada (me imagino que tendrán unos chips incrustados en sus genes) y, sin ninguna ayuda, entienden el funcionamiento de todos los equipos de última tecnología.
Entonces los dos –que por algo éramos amigos– nos sinceramos: ante los catálogos, dudamos si somos nosotros los que no sabemos leer o si son los autores de tales opúsculos los que no saben escribir.
– El catálogo que vino con mi pequeña agenda que funciona con pilas –me contó– es casi tan grueso como El Quijote, con la diferencia de que no tiene ni un solo refrán. Sin embargo, como El Quijote, tiene párrafos que nos harían reír a carcajadas si es que no estuviéramos desesperados por lograr que el aparato que tenemos en las manos comience a funcionar de una vez por todas: “Esta unidad también tiene una alarma del Diario de Compromisos, que puede ser activada y desactivada. Si la alarma del Diario de Compromisos está activada, una alarma suena cuando la hora actual alcanza la hora inicial de los datos del archivo del Diario de Compromisos que viene primero cronológicamente. Tenga en cuenta que los detalles de los datos del archivo del Diario de Compromisos no se visualizan cuando suena la alarma del Diario de Compromisos”.
Poco a poco fuimos añadiendo otros ejemplos vergonzantes, que no hacían sino demostrar que el lenguaje supuestamente tecnológico había superado la capacidad de comprensión de quienes, a su vez, habíamos superado el medio siglo de vida.
Al final terminamos por declarar que también estábamos hartos de que la tecnología siga añadiendo un número creciente de funciones a un solo aparato, algo que nos puede conducir a la locura si intentamos desquitar el precio que pagamos por un objeto tratando de aprender a desentrañar el funcionamiento de los múltiples servicios que ofrece. Volviendo al celular, me dijo que este no solo tenía acceso a internet, sino también directorio para e-mails, cronómetro, correo de voz, sonido polifónico, calendario, reloj, calculadora y hasta varios juegos electrónicos.
– Es como si las peinillas que nos ayudaron a traspasar nuestra adolescencia ahora trajeran incorporado champú anticaspa, espejo, gel y tijeras, ¡anda a ver el lío que nos hiciéramos!, concluyó.
– Al fin y al cabo, cada cosa es cada cosa y una peinilla solo debe ser una peinilla –dije yo, sin entender por qué él había puesto ese ejemplo, cuando estaba completamente calvo.
Al despedirnos comprobé que, definitivamente, no era yo el único bruto sobre el planeta, incapaz de medirme con la tecnología. Eso quizás no sirva para nada, pero reconforta.





