Que los partidos políticos traten, por cualquier vía, de meter las manos en la Función Judicial no constituye ninguna novedad que pudiese, a estas alturas, sorprendernos. Obviamente, la Corte Suprema es el plato preferido de ese apetito voraz que en ocasiones se torna patético, gracias a las burdas excusas que se forjan al calor de los cambios pretendidos.
Por eso es que no llama la atención que nuevamente se utilice como muletilla para la reforma de la Corte Suprema, el argumento del límite de edad de los magistrados como excusa de un impostergable relevo. Por cierto que, asociando la edad propuesta de 75 años con ciertos casos seniles, uno podría caer en la trampa de la generalización, creyendo que se trata de una edad riesgosa para impartir justicia, cuando en realidad los más serios estudios científicos aseguran que son exclusivamente dos las facultades que inevitablemente disminuyen, la memoria de corto término así como la habilidad de aprender rápidamente asuntos relacionados con su arte o profesión.
El resto de las facultades mentales y notablemente las morales y éticas no tienen por qué alterarse luego de los 75 años. No se ha enterado de ello el diputado Villacís del MPD, quien de forma muy categórica afirmaba que los jueces luego de los 75 años “ya no pueden mantener la posición de independencia para no dejarse presionar por los partidos políticos”, como si acaso no tuviese el país un vasto repertorio de políticos, funcionarios y aun jueces, quienes muy distantes de los temidos 75, han sucumbido fácil y dócilmente ante la presión de grupos económicos o partidistas. El bajar la cabeza para recibir una orden o un incentivo no necesita, de lo que sepa, la fijación de un límite de edad.
Otra joya del disparate la asume el diputado roldosista Touma, quien señala que a partir de los 75, “ya no tienen los sentidos bien puestos para administrar la justicia”, cuando a todos consta que el dudoso atributo de tener los sentidos descolocados alude –sin exclusión de edad– a gran parte de sus colegas legisladores, verdaderos profesionales en el arte de confundir los sentidos, tenerlos bien chuecos, pues es la única vía de acomodar sus verdaderas limitaciones. Hablar de los sentidos bien puestos constituye una verdadera ofensa a la inteligencia, cuando el fin oculto de las actuales pretensiones políticas va por el camino de un simple reacomodo de las fuerzas partidistas al interior de la Corte Suprema.
A partir de los 75, pueden pasar muchas cosas, pero no son finalmente las virtudes las afectadas. A los 75 años, un hombre difícilmente cambia. A los 25, 35 o 45, hay muchos que lamen el suelo para recibir una palmadita.






