Jack Ewing, un estadounidense especialista en ganadería llegó a Costa Rica en 1972 por pedido de un grupo de inversionistas de Tennesse para que evalúe el potencial de la hacienda Barú, un espacio con pastizales para la cría de ganado vacuno localizado en la zona del Pacífico Sur del país centroamericano. Ewing recomendó la compra y tras ello la visitó cada mes como asesor.

Aquella transacción cambió la vida de este finquero y también marcó la transformación que experimentó este país centroamericano, uno de los que ha registrado las mayores tasas de deforestación de Latinoamérica, actualmente convertido en el epicentro de la conservación tropical.

“En los 60 y 70 la ganadería prosperaba en el Pacífico sur de Costa Rica. La producción de carne para la exportación a la industria de comida rápida en América del Norte fue la fuente más importante de ingresos y empleo en la zona. También provocó la deforestación masiva que dio lugar a la casi extinción de especies como la danta, el jaguar y la lapa (guacamaya) roja”, relata Ewing, al describir aquella época.

Entonces, comenta, “las leyes de protección de la fauna eran débiles o no existían, y la ética de conservación aún no había nacido. ‘Vayan a los bosques, talen los árboles’, dijo el gobierno, ‘y pongan la tierra a producir’. Y eso es lo que hizo la gente”.

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“Cuando llegué por primera vez a Hacienda Barú habían sido deforestadas las tierras bajas y una pequeña parte de las tierras altas. Alrededor de 160 hectáreas de bosque primario quedaba en las elevaciones más altas”, recuerda.

“Me enamoré del bosque”, dice a todo aquel a quien le cuenta su historia. Y su fascinación por aquella floresta lluviosa lo llevó a ofrecer a unos visitantes extranjeros un paseo de cortesía. Estos quedaron encantados y le entregaron una cantidad de dinero por la experiencia. Ocurrió a mitad de los años ochenta.

Ganar dinero no era la intención del recorrido, pero el gesto de sus invitados fue la evidencia que le llevó a pensar que la hacienda Barú estaba llamada a cumplir un papel distinto. Así, junto a su esposa y sus dos hijos, empezó a promocionar recorridos guiados.

La actividad atrajo a muchos extranjeros, uno de ellos fue Steve Stroud, un licenciado en negocios internacionales que llegó a Costa Rica atraído por la riqueza de sus ecosistemas, donde fundó una empresa ecoturística. En 1992 Steve puso en operación el primer recorrido por las copas de los árboles sobre plataformas elevadas. Años después compró las acciones de los socios de Ewing convirtiéndose en accionista mayoritario.

Steve y Ewing convirtieron a esta Reserva Natural privada en uno de los principales destinos ecoturísticos de Latinoamérica y han contribuido a la transformación del ecoturismo en el país centroamericano.

En noviembre pasado Costa Rica fue la sede del XI Congreso Latinoamericano de Reservas Naturales Privadas, en el que empresarios y representantes de organizaciones no gubernamentales de varios países de la región dieron cuenta del desarrollo de programas que contribuyen a la conservación de ecosistemas, en espacios privados.

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La oferta del país anfitrión incluye el Refugio de Vida Silvestre Punta Leona, donde se desarrolla un programa de conservación de la lapa roja, ave símbolo de Costa Rica; o de Portasol, en Quepos, con proyectos inmobiliario mimetizados en amplias zonas de bosque primario y secundario. O de Matapalo, donde se desarrollan programas de conservación de tortugas con la colaboración de voluntarios, la mayoría extranjeros, quienes deben ganar espacio en las madrugadas con gente local que, pese a las prohibiciones, acuden a las playas para quedarse con los huevos de tortugas para la venta o el consumo.

Los organizadores del evento, como Rafael Gallo, presidente de la Red Costarricense de Reservas Naturales Privadas, destacan que las reservas naturales privadas generan trabajo en zonas rurales muy alejadas y pobres y que esa es la esencia de su éxito como actividades social y ambientalmente sostenibles.

Durante el evento se destacó que la conservación de las reservas naturales privadas en Latinoamérica, por medio de la captura de carbono en los bosques, el ecoactivismo y la protección de la biodiversidad, es un paso más hacia la mitigación del cambio climático.

Entre los principales beneficios destaca la captura de carbono, el cuidado del agua, el fomento a la protección de la biodiversidad, la restauración del bosque y la agroecología.

El grupo de Costa Rica informó que dedican el 60% de sus propiedades a la conservación. Rafael Gallo, propietario de Ríos Tropicales en Siquirres, puso a disposición 200 hectáreas a la Alianza para incursionar en la venta de carbono.

La Alianza Latinoamericana para la Conservación de Reservas Naturales Privadas contabiliza un total de 4.345 reservas registradas para un total de 5,6 millones de hectáreas protegidas en países como Argentina, Perú, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá y Perú, sin contar con las de Ecuador, que también es miembro. (I)

La selva es mi iglesia. Los árboles son las paredes. El cielo es el techo y los pájaros son los ángeles. Siento el alma del bosque.Jack Ewing, empresario de ecoturismo en Costa Rica