Carlos Mosquera, Byron Pilataxi y Eduardo Quimbita caminaban, el feriado último, por una de las veredas de la calle Alamor, en el sur de la capital. De pronto, su paso ligero, que tiene como destino un centro comercial cercano, se ve interrumpido cuando Quimbita les advierte que a su izquierda hay seis enormes murales dibujados en los bloques del conjunto habitacional Chiriyacu.