La más reciente denuncia fronteriza efectuada por quien lidera las acciones contra grupos de delincuencia organizada es extremadamente grave: en el límite con Colombia existen mecanismos que hacen que, desde ese país, se succione energía eléctrica del Ecuador sin que haya control alguno.
Descontrol, por cierto, que tiene sumida la relación bilateral en un contrapunto de tasas arancelarias que marca un tope de hasta 100 % en las mercaderías colombianas que lleguen a nuestro país y de un 75 % en las que desde acá vayan a Colombia. Esto como consecuencia de los oídos sordos que el Gobierno de Gustavo Petro ha hecho a las exigencias de Daniel Noboa de que se controle el ilegal paso fronterizo de droga. También, en momentos en que el calor de la campaña electoral vecina ha motivado una serie de interpretaciones de esta crisis fronteriza, con evidente afán electoral.
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Ahora John Reimberg, el ministro ecuatoriano del Interior, revela que las Fuerzas Armadas han descubierto sistemas de robo de energía, con la paradoja de que Ecuador en el pasado reciente y debido a un déficit de generación compró energía a Colombia a precios altos. Ha dicho el ministro que este robo detectado llega a un sector del territorio colombiano donde, por al menos 60 kilómetros, no hay presencia de fuerzas del orden de ese país, pero sí banderas de grupos de narcoguerrillas, lo que hace suponer que son estas las que se están sustrayendo la energía eléctrica del Ecuador y no hay quien las pare.
Las fronteras son sitios de unión o de distanciamiento entre dos países, dependiendo de las circunstancias y de las acciones y visiones políticas de cada cual. Enfrentan o hermanan. Y en el caso de Ecuador y Colombia son tantos los rasgos, parentescos, negocios y, sobre todo, historia común desde la era prehispánica que duele ver cómo razones políticas y el accionar de grupos delictivos impiden que se hable un mismo lenguaje en contra del crimen organizado, en favor del bienestar mutuo. (O)