El mensaje era escueto: “Hola, Mónica, salgo de Lima hacia Quito, participaré en Escribidores 2025, me gustaría verte”. Era Alonso Cueto, ese querido escritor peruano con quien mantengo una esporádica y cálida amistad desde una madrugada de 2006 en que, en un arranque de éxtasis al haber terminado de leer su Hora azul, le escribí cual ninfómana contándole que acababa de fundar en Quito su unipersonal club de fans. Meses más tarde respondió y la amistad se fundó.

Fui a encontrarme con él en la Universidad de las Américas, y ahí estaba, tan alto y simpático y amable “y” inteligente como siempre. Nos pusimos al día, nos tomamos un café y luego nos encaminamos hacia el auditorio donde se llevaría a cabo una interesantísima tertulia/homenaje a Mario Vargas Llosa, dentro de un evento impecablemente organizado por el escritor ecuatoriano Salvador Izquierdo (Jorge Izquierdo Salvador).

Alonso se lució, obviamente. Al despedirnos me abrazó desde sus casi 2 metros de altura y, con ese cariño que añejan los libros y las palabras, me dijo: “Me encantó verte, te veo muy bien, acá me han dicho que eres toda una institución”.

Me fui contenta por el abrazo, por la amistad, por la charla, pero muy preocupada de que alguien en este país me considere una institución.

Con un nudo en la garganta y sumamente abrumada, llegué a casa. Le conté a Santi y el inconsciente se alegró. Entonces yo, hablando como carretilla, quise hacerle entender.

Me parece gravísimo que alguien me vea como el viejo edificio del Ministerio de Finanzas, por ejemplo: derruida, decrépita, envejecida, maloliente y con los vidrios en añicos.

Tampoco me haría gracia parecerme a la horrenda Plataforma Financiera: aplastante, prepotente, fuera de tono desde donde la mires, agobiante.

No quiero que piensen en mí como en una de las precarias y olvidadas instituciones de salud: al borde de la quiebra, burocrática, indolente. No me sobrará la plata, pero todavía tengo para mi cruenta sustentación y en casa nunca falta mertiolate, gasa, mentol chino que frotando alivia y paracetamol. Además, intento seguir siendo eficiente.

¿Y si me ven como a la institución impositiva? ¡DiosNoQuiera! Sería tristísimo que me vean como una mujer horrible, arribista, que perdona sus impuestos a los poderosos y se ensaña cruelmente con los pequeños por nimiedades.

Parecerme a aquel ministerio capaz de borrar obligaciones en un pestañeo equivaldría a ser esa tía senil, chismosa y desordenada que remueve vejeces y sale con domingo 7 a pedir liquidaciones de antiguos empleados de hace años a quienes se pagó con su venia, pero la muy caótica, en su desorden, no tiene idea de nada. “No, no quiero ser ni parecer una institución ecuatoriana. No quiero envejecer débil, decadente, corrupta, vendida al poder de turno”, dije finalmente.

Santi me miró con severa preocupación, se levantó pausado, tomó el teléfono y llamó a alguien. Habló en murmullos como para que yo no entendiera. Fue un momento incómodo y, si bien no estoy del todo segura, creo que mi marido está pensando internarme en una institución… ¡psiquiátrica! (O)