La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos.

Don Quijote, Segunda parte, Capítulo LVIII

Con el objetivo implícito de honrar la libertad, en 1990 Octavio Paz y sus colaboradores organizamos el “Encuentro Vuelta: La experiencia de la libertad”. Se celebró en un clima de optimismo: tras el derrumbe del comunismo, la democracia liberal parecía un modelo en expansión. Inspirados por ese mismo valor, el pasado noviembre convocamos en Letras Libres al encuentro “La libertad de vuelta”. El entorno, desde luego, es muy distinto: la democracia liberal parece estar en retirada. ¿Qué ocurrió en ese tránsito? Esa fue la cuestión que nos propusimos abordar.

Asistieron una veintena de intelectuales de varias generaciones, hombres y mujeres provenientes de Europa y América, del mundo anglosajón, de Europa del Este, España y México. Todos valoran la libertad pero no todos son, ni se consideran, liberales, mucho menos “neoliberales”. En ocho mesas, intentamos examinar los diversos factores que inciden en el retroceso del liberalismo: los viejos y nuevos ejes del autoritarismo; el impacto esclavizante del internet, las redes sociales y la inteligencia artificial; la crisis de representación democrática; la desigualdad económica; los populismos de todos los colores; las diversas militancias de la identidad: sexual, étnica, religiosa, nacional, tribal. Ante tantas corrientes disruptivas, nos preguntamos todos, ¿tiene futuro el orden liberal?

Me tocó moderar la mesa titulada “El malestar en la sociedades liberales”. El historiador de las ideas Mark Lilla propuso no centrarse en el liberalismo sino en la sociedad que ha dejado de verlo como una sistema útil, habitable. Algo ha cambiado de verdad a partir de 1989, apuntó. La gente busca respuestas que no encuentra en el liberalismo. El escritor Ian Buruma asintió: tanto en Europa como en Estados Unidos, la agenda abandonó (lamentablemente) los temas de política social y económica que dividían a liberales y conservadores, para centrarse en la reivindicación identitaria. Por otro lado, la gente en Europa no va a las iglesias. Hay un vacío que el liberalismo no logra suplir. El politólogo Ivan Krastev contó que en su natal Bulgaria los jóvenes no entienden por qué sus padres y abuelos adoptaron de manera tan resuelta el código liberal. Estos planteamientos, me parece, tocaban el núcleo del malestar del liberalismo. De ahí que me impresionara la participación del editor y ensayista Leon Wieseltier. “Que los liberales seamos impopulares –adujo– no significa que estemos equivocados”, y sus razones me parecen convincentes: Creo que la oposición al liberalismo, el miedo al liberalismo, y los pensadores posliberales... todo eso se basa en un supuesto fundamentalmente erróneo: que una visión política del mundo puede responder a todas tus necesidades. El liberalismo no fue diseñado para proporcionar satisfacción espiritual. No fue diseñado para proporcionar satisfacción religiosa, filosófica o psicológica. El liberalismo no es una visión total del mundo. De hecho, es lo contrario.

Lo que el liberalismo promete son arreglos sociales justos, procesos políticos ordenados y decentes, y una cierta concepción de la dignidad intrínseca de cada ser humano: algo de lo que todo régimen autoritario despoja a sus ciudadanos, lo admita o no. Eso es más o menos todo. El resto debes encontrarlo en tus lugares de culto, en tus museos, en tus dormitorios, en tus escuelas: donde sea que los seres humanos hallen los significados de la existencia.

Creo que Wieseltier tiene razón. El liberalismo no es una religión. La libertad no es un dios. Es un don que a menudo solo se aprecia cuando se pierde. Tal vez los jóvenes europeos o americanos, que ahora la toman por sentada, la aprecien si llegan a perderla. Por mi parte, estoy seguro de que los cubanos y venezolanos la apreciarán más que ningún otro pueblo, el venturoso día en que la recuperen. Tal vez entonces encontrarán en el liberalismo un orden que les asegure tener voz y voto. Respetar y ser respetados. Pero ni siquiera ellos encontrarán en el liberalismo un sistema total de creencias. Respirarán un aire de libertad y sentirán quizá la alegría, pero también la angustia, de ser libres. Y así, cada uno en soledad o en comunión con el otro, buscarán sentido al misterio de la vida. (O)