Se avecinan vendavales en 2026. Navegar en un mar embravecido hará que los retos que enfrentamos actualmente sean aún más difíciles y complejos.
La violencia y las muertes no cesan. La tasa de homicidios en nuestra ex isla de paz se encuentra entre las más altas del mundo. La realidad es que, hasta hoy, no hemos logrado reducir de manera significativa la violencia. Sabemos que una de las causas estructurales es el tráfico de cocaína producida en Colombia y Perú, lo que ha convertido al país en un corredor privilegiado hacia los mercados de consumo del norte desarrollado. Es como si en los países con mayores niveles de riqueza la droga se hubiera vuelto un componente funcional para sostener vidas sometidas a un mundo cada vez más demandante y deshumanizante.
Mientras tanto, aquí, en medio de ríos de sangre de miles de ecuatorianos, no hemos sido capaces de articular siquiera una estrategia verdaderamente nacional que integre de forma coherente las múltiples capacidades del Estado y de la sociedad para ofrecer una respuesta que vaya más allá del espectáculo mediático. “Nos venden humo y nosotros nos lo tragamos”, decía un amigo.
La pobreza, el hambre y la inequidad profundizan la enorme distancia entre quienes lo tienen todo y quienes no tienen nada. Esta brecha ha generado una fractura nacional y global que, además de violar derechos humanos fundamentales, resulta extremadamente peligrosa para la cohesión social. Superar la violencia exige desarrollo y bienestar para todos. Requiere inversión sostenida y la construcción de confianza nacional e internacional en nuestro país. Sin embargo, este año cerraremos nuevamente con un récord negativo: el año más bajo de inversión.
Es imprescindible generar empleo en un país que, en muchos aspectos, se resiste a adaptarse al ritmo del mundo moderno y corre el riesgo de condenarse a la irrelevancia, priorizando la defensa de los intereses de pocos por encima del bienestar de la mayoría.
Cuando leo que el sistema hospitalario entregó a unos padres el cadáver de su hijo en una caja de cartón por falta de recursos, no solo me apena, sino que me indigna profundamente nuestra indolencia colectiva e incapacidad de exigir derechos básicos que garanticen una salud digna para nuestros hermanos. Pero, sobre todo, se trata de una afrenta intolerable a la dignidad. ¿Cómo llegamos hasta aquí?
Cuando la mitad de la humanidad destina más recursos al pago de los intereses de la deuda externa que a la salud, la educación y el bienestar, es evidente que estamos haciendo mal las cuentas.
Los tambores de la guerra resuenan en el continente. Es muy probable que, en territorios donde se pretende imponer la doctrina Monroe, se desencadene un enfrentamiento militar de consecuencias funestas, capaz de sumir a las Américas en años de inestabilidad y retroceso.
Vienen tiempos de vendavales para las democracias y para las instituciones frágiles, asediadas por la corrupción y la ausencia de ética, que podrían sucumbir ante el empuje de poderosos intereses dispuestos a imponer su voluntad por la fuerza, y no mediante la razón, el derecho y la ley. (O)










