Con el derrocamiento de Nicolás Maduro, tengo presente el rostro de cada uno de mis amigos venezolanos con sus personales y dolorosas historias de exilio. Ojalá que a partir de ahora se puedan abrir caminos de retorno o reencuentro. Pero lamento decir que no es suficiente para una reflexión. Con el ataque de Estados Unidos a Caracas, no hemos asistido a una lucha épica entre la libertad y la tiranía, sino a la confirmación de una sentencia histórica que nos persigue: la fuerza de Estados Unidos reside en un pragmatismo implacable, y nuestra debilidad sobrevive en la adolescencia furibunda de pasiones ideológicas. La retórica de la soberanía quedó disuelta con la treintena de cubanos rodeando al dictador venezolano, muertos en el ataque, entre otras decenas de muertos que van saliendo a la luz. Soberanía que se vuelve una abstracción conceptual que parece dar pureza a quien la enarbola. Más allá del uso oportunista, conviene analizarla puntualmente y reconocer que, para su sustentación y defensa, se necesitan condiciones que no se cumplen. Lo cierto es que la muerte no será nunca un motivo de celebración, y no tiene justificación. Jamás deberíamos olvidar la famosa frase de Castellio contra el feroz protestante Juan Calvino, cuando ordenó asesinar al heterodoxo Miguel Servet: “Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina; será siempre matar a un hombre”.

Para desentrañar el asalto estadounidense y el colapso venezolano, se vuelve imperativo observar el hueso desnudo. Se creyó durante mucho tiempo que la presión diplomática y las sanciones unilaterales derivarían en una transición democrática, ignorando deliberadamente cómo opera el poder en el interior de una dictadura. La autorización a Chevron de reanudar la extracción de crudo reveló los intereses: Estados Unidos negoció con el dictador porque el petróleo es una urgencia. Sin embargo, si la derecha peca de conveniencia, la izquierda comete otra infamia. El relato del bloqueo imperial es una mentira que se deshace ante los hechos: la destrucción de Venezuela fue un suicidio asistido desde las entrañas del poder chavista. La izquierda internacional guardó un silencio cómplice ante la cronología del desastre. No fue el imperio quien quebró la economía; fue la corrupción de una casta socialista que llevó la pobreza extrema al más del cincuenta por ciento de su población. Venezuela ha sido un fetiche de la retórica del propio bando. Para la izquierda de salón, Maduro era alguien que resistía la “hegemonía”. Esta es una pirueta retórica que trata a los latinoamericanos como niños incapaces de responder por su propia historia. Es un uso mercenario del dolor ajeno; defienden abstracciones mientras desprecian la realidad de quienes se marcharon de Venezuela: 7,9 millones de migrantes venezolanos, casi ocho millones de razones ineludibles.

Más allá del cinismo político subyace una angustia: la sospecha de que el sistema democrático ha dejado de ser una herramienta eficaz de liberación. Duele reconocer que, a pesar de los ciclos de protesta y el sacrificio de tantas vidas, los venezolanos no han podido superar a sus dictadores por sí solos. Es triste comprobar que un pueblo se encuentre incapacitado para extirpar el tumor que lo devora, como si la voluntad colectiva se hubiera disuelto en el cansancio o en la diáspora. Esta impotencia nos devuelve a la pregunta: ¿puede un pueblo solucionar sus problemas cuando el tejido mismo de su sociedad civil ha sido desmantelado? ¿Pueden las democracias gestionarse solas, sin apoyos supranacionales? La democracia no es un conjuro; es un organismo que requiere instituciones vivas, y cuando estas mueren o se las destruye, como hizo el socialismo del siglo XXI, o como lo acaban de hacer las medidas tomadas por Donald Trump, los países quedan varados en una parálisis donde la libertad se vuelve un recuerdo y la tiranía una costumbre. Esta incapacidad de resolución propia es la mayor tragedia de las sociedades democráticas. Frente al naufragio, surge la necesidad de volver al respeto por las leyes, pero ese retorno parece una utopía. Hemos olvidado que una democracia se levanta sobre la arquitectura silenciosa de la norma; si esta se retira o no se cumple, solo queda la barbarie. La fuerza de Estados Unidos —esa capacidad de sostener una democracia funcional— radica en que sus instituciones sobreviven a sus líderes. Nuestra debilidad es que se sigue buscando mesías en ambos extremos, dispuestos a demoler la ley a cambio de promesas de paraíso.

Al final queda una sensación de intemperie, una soledad continental que sobrecoge, una soledad de mucha gente en silencio que tiene que vivir la resistencia frente al ansioso despliegue ideológico de los bandos de izquierda y derecha, cada vez más ingeniosos para remarcar la postura absoluta y la aparente resolución de los conflictos que eso implica. No hay balance crítico: hay posturas. Es necesaria una pausa para la reflexión y no buscar la aceptación de un bando y el descarte o denigración del otro. La política deja al ciudadano frente a un espejo roto donde solo queda la sospecha de que, mientras se siga esperando que la solución venga de afuera o que un líder providencial logre el rescate, seguiremos siendo los huérfanos de la historia. Tal vez la verdadera soberanía no consista en gritar contra el imperio, sino en tener la valentía de mirarnos en el silencio de nuestras ruinas y reconocer que el monstruo no vino del norte, sino que lo alimentamos nosotros mismos, en la oscuridad de nuestra propia casa, y que hoy, trágicamente, ya no sabemos cómo echarlo. La soberanía debe ser individual, gestionada a diario. La transacción con una política de resultados ante la inoperancia no puede hacerse de la vista gorda de los errores. ¿En qué se falló para llegar al extremo que va contra la racionalidad? ¿Qué discursos y qué ideologías toleraron tanta atrocidad, la del socialismo del siglo XXI dedicado a arrasar instituciones y no respetar la democracia con una retórica injerente y totalitaria, y la otra, la de la fuerza militar y la acción espectacular que duró apenas unas horas, con eficacia mortal, sobre la que se echa un manto de silencio? (O)