Un análisis del periodista italiano Stefano Pozzebon, corresponsal de CNN, sobre María Corina Machado y su apuesta personal por Donald Trump, revela algo más profundo que una estrategia política: muestra la crisis del orden internacional que, debiendo proteger a las democracias, las deja a su suerte.

Machado ganó en las urnas (con Edmundo González Urrutia), ganó en las calles y hasta ganó el Premio Nobel de la Paz. Pero perdió donde se ejerce el poder real: en el control de las armas, del petróleo y del reconocimiento del actor hegemónico. De ahí que su destino depende de Washington.

Trump no eligió a Delcy Rodríguez como presidenta interina por convicción democrática. Delcy puede ofrecerle lo que Machado no puede: estabilidad inmediata, control del aparato coercitivo y acceso al petróleo venezolano. En la lógica negocial de Trump, la democracia es un valor retórico; la energía y el orden son los que importan. Ese es el lenguaje que Delcy ha aprendido a hablar. Machado, en cambio, representa algo incómodo para el nuevo arreglo: auditorías, desmontaje de redes criminales y justicia transicional. Es decir, incertidumbre. Y en el concepto de geopolítica eso se castiga más que la injusticia.

Y es que el poder real en Venezuela hoy no está en una sola figura, sino en un triángulo: Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino López y Diosdado Cabello. Padrino es el garante militar del nuevo pacto. Cuando Maduro fue extraído sin resistencia, quedó claro que las Fuerzas Armadas habían decidido no defenderlo. Padrino negoció una transición sin ruptura: él mantiene el control de las armas y a cambio obtiene continuidad e inmunidad. No defiende una ideología; defiende el monopolio militar. Diosdado, en cambio, controla el subsuelo oscuro del régimen: colectivos armados, inteligencia política, archivos y economías ilícitas. No gobierna, pero puede desestabilizar. Por eso no se rebela ni se subordina del todo. Se mantiene como una amenaza que nadie quiere provocar (un primo suyo dirige la policía secreta del país, el Sebin). Delcy articula ese poder interno con el exterior: petróleo, contratos, embajadas y negocios. Es la cara negociable.

Detrás de este triángulo están las potencias. Cuba conserva el sistema de inteligencia y control social; con Delcy y Padrino garantizando que su red siga intacta. Rusia protege sus contratos y deudas; que una transición democrática los escudriñaría. China, el mayor acreedor de Venezuela, necesita estabilidad para cobrar.

Lo extraordinario –y perturbador– es que EE. UU., China, Rusia y Cuba están hoy razonablemente cómodos con el arreglo: un chavismo sin Maduro pero con orden. Machado contraría todo eso. Su proyecto implica justicia, depuración institucional y ruptura de las redes criminales. Eso choca con los intereses de todas las potencias a la vez. Por eso su única apuesta viable es Trump: no como demócrata, sino como actor impredecible, capaz de romper un consenso que ningún otro se atrevería a desafiar.

Es definitiva, Venezuela ya no está atrapada solo por su infame régimen, sino por un equilibrio geopolítico que prefiere estabilidad injusta antes que una libertad incierta. (O)