Un hombre de esperanza

Como una “persona positiva y de esperanza” se autodefinió el entrañable académico y político Gustavo Noboa, en un diálogo virtual con el filósofo español Javier Gomá sobre el tema ‘Ejemplaridad pública’, organizado por la Universidad Casa Grande a fines de 2020.

No me detendré en describir la destacada y honorable trayectoria de Gustavo. Lo que traigo al papel es su pensamiento, las preocupaciones que en esos días tenía sobre la política, la corrupción, los valores, los jóvenes, el futuro.

Gomá, autor de la Tetralogía de la ejemplaridad, había expresado que toda vida humana es un ejemplo, por lo que sobre ella recae un imperativo de ejemplaridad. Cabría entonces obrar de forma que nuestros comportamientos sean imitables, para generar un impacto civilizatorio. Gustavo reflexionaba sobre la idea de Gomá, coincidiendo en que el buen ejemplo es algo que debería ser connatural al ser humano, ya que los valores y virtudes atraen por sí mismos. Pero le “angustiaba” que la vida fuera a contracorriente de lo que Gomá decía y tomaba a la Asamblea como referencia: “Me preocupa, Javier, cuando dices que los valores no son los que tiene la sociedad actual; cuando dices que se promulgan demasiadas leyes y se dan pocos ejemplos; cuando dices que una cosa es lo que los políticos hacen y otra lo que son, porque lo que se predica con el ejemplo es otra cosa”.

También mostraba su turbación por la ausencia de valores familiares: “Ser honesto, ser honrado es ser tonto. Ser pillo es ser inteligente, tener dinero mal habido es ser listo”. Por esto, insistía, debemos ser buen ejemplo para todos, porque solo así será posible cambiar el mundo.

Gustavo, educador sabio y de fino humor, sugería que los contenidos de Ejemplaridad pública debían ser leídos por profesores y estudiantes, “porque parece que no se dan cuenta de que el ejemplo arrastra, ¡no se dan cuenta de la ejemplaridad de la conducta y del ser humano!”.

Estaba muy preocupado por la vida de lujo que llevan muchos jóvenes: “Ven que lo que premia es el dinero fácil, escapar en una avioneta, aunque se caiga, tener los mejores carros. ¡Aquí se compraba un carro de tercera mano cuando tenías 25 años o te lo regalaba el abuelo o el padre!, pero hoy el ejemplo es haberse traído el Lamborghini. El ejemplo es andar en los mejores yates a los 28 años”.

Hago un alto a la escritura y pienso que nuestra vida se detuvo un ratito, desconcertada ante la ausencia de Gustavo. ¿Qué hacemos ahora? ¿Lloramos o aprendemos de ti, Gustavo?, como preguntaba Marcia Gilbert hace poco, en su emotiva columna de Expreso. De pronto recuerdo que, en su biografía, Mi vida, Gustavo reconoce que aprendió de mi padre, trabajando junto a él, su valentía, su experiencia en el conocimiento del ser humano, el cómo enfrentar las circunstancias adversas o de éxito; el qué hacer y cuándo abandonar la lucha, para no perderla. Y así fue. Este hombre inmenso y prolífico que fue Gustavo abandonó la lucha en esta tierra, pero no la perdió. Nos la ha encomendado. Por su legado de honestidad y decencia, por nuestros hijos y nietos, por un país que nos duele, tenemos el compromiso de continuarla. (O)

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