No sé si fue la guapeza de Bruno Díaz y Ricardo Tapia, no sé si fue la onomatopeya. Coqueta fui desde chiquita, de tal manera que la guapeza de aquel par sí pudo haber sido. Pero la onomatopeya tal vez me atraía más, aquellos pack, bum, zas, pum, boing me fascinaban.

Cada golpe, cada trompón, cada intento de golpe, cada intento de trompón de Batman y de Robin me estremecía, me encantaba la pelea, me encantaba la justicia que ellos lograban dominando a los malos. Y el tararara rara rara rara Batmaaan de la cancioncita me ponía chinita la piel.

Es que yo, con 10 años, adoraba sus capas, sus trajes, su cara, ¡todo! No podía perderme un solo episodio de la serie. Yo quería ser Batman. Yo era Batman. Intenté ser Batman en el año 1968. Pedí a mi mamá que por Navidad me comprara, o tal vez confeccionara, un traje de Batman. Estaba cansada de usar un antifaz dorado y una toalla floreada agarrada a los hombros con imperdibles, a manera de capa, para lanzarme desde las tapias, desde las gradas, desde las veredas, para correr con mi capa al viento y defender la justicia. Estaba cansada y quería verme como Batman, pensaba; además, que si la capa era negra, el salto podía ser más seguro.

Mamá se negó rotundamente: que eso era ser carishina, dijo; que yo era mujercita, dijo; que sobre su cadáver, dijo; que no, que no y que no, dijo. Y cortó de cuajo todas las ilusiones, toda mi posibilidad de hacer justicia, y todos los pack, bum, zas, pum, boing... de mi infancia sin onomatopeyas.

Y pensar que en este paisito hoy abundan los superhéroes: políticos que, sin el encanto de Bruno Díaz y Ricardo Tapia, pero vestidos de G. I. Joe, o musculosos y subidos en enormes vehículos de guerra con chaleco salvavidas y casco, o enternados gritando en la Asamblea, nos quieren hacer creer que luchan por la justicia. Pero qué va, a una experta en superhéroes como yo jamás le podrán engañar.

Y es que nuestros superhéroes criollos y desangelados son bien torpes, se dejan ver las costuras. Se les nota a leguas su antifaz dorado y su toalla floreada que intenta ser capa, pero la mediocridad les gana. Hombres y mujeres van del Palacio a la Asamblea, con parada técnica en la Judicatura. Se exhiben, gritan, se desdoblan, pero caen en sus propias mentiras.

Lo más grave es que ninguno de estos superhéroes lee. No leen libros, no leen artículos, no leen ni el cómic del Capitán Escudo, pero lo peor es que no leen la realidad. No sé si porque no quieren o porque no pueden, porque su ambición urgente no les da tiempo, les vuelve ciegos, ausentes, viajeros, desentendidos, indolentes, lejanos…

“Ya no hacen cosas como antes”, se quejaba mamá. Era muy exigente en la calidad de los utensilios, de la ropa, de los enseres. Si ella estuviera todavía y viera a nuestros actuales superhéroes, seguro diría, con ese tono displicente con el que señalaba las cosas mala calidad: “Mjm, bien de pacotilla nos resultaron estitos”.

Ahora la pregunta es: ¿dónde buscar héroes decentes, sensibles, comprometidos? Porque el problema no es el traje, sino el alma que lo habita. Estos héroes de pacotilla visto está que no sirven. (O)