A veces, como país, parecemos esas cintas pegajosas que se colocan para cazar ratas y ratones. Alguien tuvo que inventarlas: un sádico, sin duda. El animal queda atrapado y mientras más lucha por salir, más se desgarra. Pierde piel, miembros, fuerzas. Si sobrevive, lo hace mutilado. Si no, muere lentamente, de hambre, de agotamiento. Es una muerte cruel.
Así nos estamos viendo y así nos estamos dejando tratar. Como una sociedad pegada a una realidad que no da tregua, donde la violencia, el miedo y el dinero fácil funcionan como ese pegamento invisible que inmoviliza. Que va dejando inválida la dignidad. Sin embargo –aunque parezca contradictorio– esa no es nuestra naturaleza. Porque no venimos del pegamento. Venimos de la luz.
Cuando un óvulo y un espermatozoide se unen, ocurre un fulgor imperceptible pero real. Es el big bang inicial de nuestra vida. La ciencia lo ha observado: hay una emisión de luz en el instante mismo en que comienza la hermosa aventura de vivir. Hoy sabemos también que cuando las neuronas se activan y crean nuevas redes, emiten biofotones. Pensar, sentir, vincularse, amar… ilumina.
La ciencia empieza a confirmar lo que la poesía sabía desde siempre. Somos un estallido de luz. Lo decía Galeano: estamos hechos de fueguitos.
Entonces, ¿en qué momento aceptamos una imagen tan miserable de nosotros mismos? ¿Cuándo empezamos a creer que somos roedores destinados a la basura, a la carroña, a sobrevivir a cualquier precio?
El amor –no el edulcorado de esta semana comercial, sino el que sostiene la vida– es la mayor explosión de energía que conocemos. El amor no es pegamento, es una atracción. Es un imán. Convoca. Genera campo, crea sentido. Donde hay amor, todo resplandece. Los ojos, la sonrisa, el caminar, lo delatan.
Nuestras vidas deberían ser eso: imanes que emiten luz, capaces de crear realidades nuevas, de convertir la existencia en una fiesta posible, incluso en medio del derrumbe. Fiesta no como evasión, sino como gratitud y asombro, afirmación radical de la vida.
Cuando aceptamos que el narcotráfico nos compre, nos silencie o nos use; cuando normalizamos que el dinero del crimen penetre barrios, instituciones y conciencias, demostramos que nos valoramos muy poco. Nos dejamos convertir en ratones pegados a una cinta.
Quienes se rinden a ese dinero no son poderosos. Son personas –y sociedades– que olvidaron su verdadero valor. Confundieron precio con dignidad. Son caretas de carnaval sin contenido. Cambiaron sentido por billetes. Y eso no ocurre solo en los márgenes: ocurre también en espacios educados, profesionales, políticos, empresariales, artísticos. Nadie está exento cuando se pierde la noción de lo que vale una vida.
Porque, aunque lo olvidemos, contenemos en nosotros todo el universo. Eso es lo que somos, polvo estelar que se piensa a sí mismo.
Valemos infinitamente más que todo el dinero del narco y del crimen organizado juntos. Es lección que todavía no terminamos de aprender.
Tal vez esta semana del amor y la amistad no se trate de flores ni de gestos vacíos. Tal vez se trate de recordar, con lucidez y coraje, que no nacimos para quedar pegados, sino para brillar y atraer. Nacimos para amar y ser amados. Somos luces. No roedores. (O)