Escucho a algunos con cierto tono de decepción por los primeros resultados, a cinco días del toque de queda decretado por el Gobierno de Daniel Noboa, luego del anticipado anuncio, de más de dos semanas. Con aquel “no salgan de casa en la madrugada” que repetía el ministro del Interior en cada entrevista y las alertas apocalípticas que muchos opositores políticos e intelectuales del régimen –de lo bueno, lo malo y hasta lo que no ha hecho– hacían y hacen en desmedro de las acciones que se toman frente a los grupos de delincuencia organizada.

“Va a haber una mortandad general”, dijo más de uno. “Prepárate a que tumben tu puerta”, decían otros. “Hay que tener un cuarto de pánico, por si entran disparando a tu ciudadela”, escuché decir en un centro comercial. Algunos analistas incluso se atrevieron a ponerlo en sus escritos en la red social X, con lo cual y como si fuese poco, al terror acumulado durante los años en que ha venido escalando el crimen organizado, se intentó sumar pánico a las medidas que, justamente, se habían anticipadamente anunciado para buscar mecanismos de contención.

Y entonces cinco días después, en el momento de este escrito, resulta paradójico que exista un halo de desilusión, porque no tumbaron la puerta de algún vecino; porque el “cuarto de pánico” permanece sin uso; o porque no se han vivido las balaceras que ya en algunos barrios creían parte de la rutina, y que según los tremendistas debían agravarse por la presencia uniformada. Tampoco se han descubierto brotes inusitados de violencia en otras de las provincias, que no están entre las cuatro del toque de queda (Guayas, Los Ríos, Santo Domingo de los Tsáchilas y El Oro), como se llegó a asegurar, más con las ganas que con la razón. Y la “mortandad” que apareció como forma cuasi conflicto internacional, desde Colombia, con 27 calcinados de los que hablaba el presidente Gustavo Petro, como consecuencia de acciones cerca de la frontera, resultó pertenecer a otro mes y otras circunstancias.

“Es que les dieron tiempo a los maleantes para que se escondan”, escucho ahora. “Les dieron tiempo para que se vayan”, dicen otros, como si fuese un error evitar la confrontación. “Es que ya las acciones anteriores han dado resultado”, señalan algunos. “Ya se empieza a controlar la situación”, dicen los más optimistas.

La inseguridad, que es una realidad que ha venido escalando por años en el país, es grave, pero lo ha sido más aún esa sensación de inseguridad que se ha venido sintiendo hasta en las actividades más rutinarias. Y si este toque de queda, largamente advertido, inciertamente esperado y que muestra muchísimos más detenidos por infringirlo que por delitos desmedidos, nos deja una reducción significativa en esa sensación de inseguridad, creo que puede ser un camino muy útil para avanzar en la erradicación del mal. En empezar a recuperar la confianza de ir al parque con el niño y la bicicleta; permitir que los adolescentes se reúnan sin temor en torno a una pizza, o algo tan simple como salir a caminar por las calles del barrio porque así lo recomendó el cardiólogo, sin temor a que la taquicardia la agrave algún asaltante que se enamoró de sus zapatos deportivos. (O)