En días recientes, la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos resolvió que los aranceles impuestos por el presidente Donald Trump no eran constitucionales. Los aranceles son impuestos y en la más pura tradición de las democracias occidentales, los impuestos y los tributos son competencia del Poder Legislativo. Los impuestos no pueden crearse ni aumentarse sin que el Congreso los apruebe.
Este es un episodio más en el cual el sistema judicial de los Estados Unidos muestra independencia respecto de las acciones, deseos, solicitudes o presiones del Ejecutivo. Tribunales federales en muchos estados de ese país han dado también marcha atrás a decisiones del Ejecutivo en materia de migración y otras áreas.
Ese es un país que ha tenido una sola Constitución desde su inicio, la cual sigue vigente y que es un modelo de cómo funciona un sistema de pesos y contrapesos; la separación de poderes del Estado se hace presente para hacer que esa democracia tenga esperanzas de seguir por el camino correcto.
¡Qué contraste con nuestra institucionalidad! Los últimos meses han visto una devastación del sistema judicial ecuatoriano, que tiene como obra dramática de varias escenas el acto final del Consejo de la Judicatura, recubierto del espantoso ropaje de la influencia del narcotráfico en las más altas esferas de esa dependencia del Estado.
Y es que no solamente que se vieron claras vinculaciones inaceptables desde esas más altas esferas, sino que como le consta a todo el país, los esfuerzos de cualquier Gobierno, Policía y FF. AA. se estrellan con un sistema judicial que libera a los narcos y a los delincuentes, y que lo hace con tal desfachatez que ya la ciudadanía sabe que es casi imposible mantener a cabecillas tras las rejas, pues con todas las más absurdas justificaciones y elementos procesales, se cambian medidas cautelares y se deja en libertad a quienes no deberían estar libres.
Y esto ocurre mientras este querido Diario pasa a otros propietarios, y el otro diario que está en nuestra ciudad es intervenido por parte del ente regulador de las compañías del país.
Ya se oyen voces claras respecto de la libertad de prensa, otro elemento, que, junto con la justicia independiente, son fundamentales para poder sostener lo que es una verdadera democracia.
Por todo lo anterior, el Ecuador nos produce hoy tristeza, y solo el saber de la capacidad enorme de su pueblo y de sus empresarios para avanzar nos da esperanzas de que saldremos adelante.
Lo que se ve del Estado, en todas sus áreas, tanto en omisión de las tareas fundamentales, como en errores respecto de las acciones que se emprenden, no nos alienta el día de hoy.
Los grandes restos siguen intocados. Nadie habla de ellos. Ni Gobierno ni oposición. El primero para evitar desgaste, los segundos por el siempre perverso cálculo político. Ciertamente que no entendemos los riesgos que estamos corriendo por no lograr un acuerdo de todos los sectores de la sociedad, donde pongamos al Ecuador primero, y donde, al igual que en los Estados Unidos, las instituciones funcionen con independencia. (O)













