El predominio del poder, el ejercicio de las vocaciones autoritarias, el desprecio de las razones de los “otros”, y la acción directa, se imponen en el mundo, plantean otra “cultura política”. Y prospera –hipócrita o soterradamente– la convicción de que lo deseable es el imperio de la voluntad, la determinación, la eficacia, y que la obediencia es la opción que les queda a todos los débiles, y también a los calculadores, a los necios, a los que nunca estuvieron convencidos de la importancia de las razones.

Al parecer ha llegado la hora de la caducidad de un régimen internacional que, con aciertos y desaciertos, se sustentaba en principios y en reglas y al que menos aliviaba las radicales decisiones de los países poderosos. Después de las experiencias de las guerras y en vista de las desolaciones que dejaron, algunos pensaron que era necesario cuestionar ese “derecho a la violencia”, e intentar que un derecho internacional imperfecto, incipiente, pero basado en la razón, dificulte, condene los afanes de conquista y tenga como meta la paz.

Nunca ha sido fácil someter a reglas los afanes imperiales, ni hacer posible el sueño de un mundo donde los absolutos pierdan espacio y rindan cuentas. Siempre hubo generales o emperadores que anularon las normas y glorificaron la violencia. Napoleón es el mejor ejemplo. Sin embargo, al amparo de la filosofía de la ilustración, y a la par que crecían las ideas de que los países debían buscar los difíciles caminos de la democracia y el liberalismo, había también que entender que esas opciones no serían posibles, sin que, al mismo tiempo, los Estados regulen sus conductas y sometan sus apetitos en las relaciones con los demás, a esos sui géneris “contratos” que son los convenios y tratados internacionales, que parten de la virtuosa idea de la igualdad y la independencia.

Siempre fue imperfecto el derecho internacional, porque está de por medio el poder imperial, los afanes expansivos de los Estados más fuertes, sus ambiciones y locuras y porque, además, nunca hubo un juez o un tribunal que someta efectivamente a los Estados al “imperio de la ley internacional”. Norberto Bobbio, el gran jurista italiano, llamó a esta debilidad la del “tercero ausente”. Con todo, y a la vista de los desastrosos efectos de la Segunda Guerra Mundial, el intento final de dotar de racionalidad a las relaciones entre Estados, nació en 1945.

Imperfectos y todo, la Organización de las Naciones Unidas y los demás organismos, intentaron poner en práctica la utopía de los límites. Los poderosos usaron el veto y se reservaron sus cuotas de influencia. Pese a ello, había un sistema de reglas y, más de una vez, los tratados sirvieron para frenar las depredaciones de los grandes y, entre fracasos y sueños rotos, lograron al menos crear una “conciencia de civilización”, que enfrenta ahora el desprecio de la voluntad de poder, y que le dejará al mundo sin reglas, sin refugio de estatutos que podían señalar los excesos, condenar el derecho de conquista y apelar a una mínima racionalidad.

Me temo que ha llegado el momento de que el mundo viva sin reglas. ¿Será ese el mundo feliz? (O)