Eran bellas las voces de esos locutores que pacientemente arrullaban las soledades de sus radioescuchas narrando y explicando el mundo. Seducían, incitaban a pensar e imaginar. Y eran feas las voces estridentes que fustigaban a sus oyentes con lenguas ardientes y arteras. ¿Cómo no desconfiar del que opina a gritos y de aquel incapaz de medir y ordenar sus ideas antes de difundirlas? Tener una voz antes que un derecho es una responsabilidad y mientras más poderosa la voz, mayor es el deber.
Una columna es una voz silenciosa a la cual los lectores dotan de sonido: son ellos quienes con su lectura atenta completan su sentido. Una columna se teje investigando y reflexionando, nace de la mirada del columnista que la comparte para generar pensamiento y diálogo. Es magia que hace parecer simple lo complejo, que dota de ritmo y forma al caos, que ilumina las aguas turbulentas y guía. La opinión de largo aliento concebida con tiempo y esfuerzo interactúa con la consciencia del lector abriendo caminos de exploración. Su contraparte: el atolondramiento de quien se entrega al vicio rápido y furioso de publicar y compartir juicios y contenidos ignorantes e impúdicos, falsos, indignos y maliciosos.
Más allá de denunciar lo obvio, es urgente preguntarnos cómo proteger los espacios de pensamiento, verificación y opinión responsable, cómo llegar a más conciencias sin ponernos a gritar ni vestirnos de payasos y unirnos al circo para ser escuchados. Hoy cualquiera difunde ideas propias y ajenas en plataformas digitales gratuitas. Nos autodenominamos autoridades competentes en un tema y usamos nuestra voz para viralizar perspectivas con consecuencias políticas nefastas. Somos engranajes de máquinas impulsadas por algoritmos que deshumanizan a las comunidades y empoderan el fascismo. Al afán compulsivo de expresarse le falta la sana curiosidad de escuchar atentamente.
En La forma de las ruinas, el escritor colombiano J. G. Vásquez lo describe brillantemente: “Los peores vicios de nuestras nuevas sociedades digitales: la irresponsabilidad intelectual, la mediocridad orgullosa de sí misma, la calumnia tan inverosímil como impune, pero sobre todo el terrorismo verbal, el matoneo de patio de colegio en que se embarcaban con incomprensible entusiasmo los participantes [...] una versión moderna y digital de la ceremonia de los Dos
Minutos de Odio: aquel ritual de 1984, la novela de Orwell, en que se les proyecta a los ciudadanos la imagen del enemigo, y los ciudadanos se entregan extáticos a la agresión física (lanzan objetos contra la pantalla) y a la agresión verbal (insultan, chillan, acusan, difaman), y luego salen de nuevo al mundo real sintiéndose libres, desahogados y satisfechos de sí mismos”.
Estamos viviendo una distopía, pero aún nos quedan armas de resistencia. Europa empieza a esforzarse por regular el poder destructivo de las redes sociales y combatir la desinformación acelerada por algoritmos en manos de billonarios con oscuras agendas. Y a nivel personal, vale la fórmula clásica: antes de hablar (postear o repostear), asegúrate de que tus palabras pasen por tres puertas: ¿son verdaderas, necesarias y bondadosas? (O)