Hace más de 50 años, una guerra en Medio Oriente cambió la historia económica del Ecuador. En 1973, Egipto y Siria lanzaron un ataque coordinado contra Israel en el momento de mayor vulnerabilidad posible: el día de Yom Kipur, la fecha más sagrada del calendario hebreo. No había transporte público ni transmisiones en los medios de comunicación. Los ciudadanos guardaban ayuno absoluto y rezaban en las sinagogas. En cuestión de minutos, miles de jóvenes se movilizaron hacia el frente. Se creía que sería una guerra corta, como la de 1967, cuando en apenas seis días Israel derrotó a Egipto, Jordania y Siria. Esta vez fue distinto.
La guerra tuvo además un efecto que se sentiría en todo el planeta. En medio del conflicto, la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo dejó de vender crudo a los países que habían apoyado a Israel. Estados Unidos y varios países europeos quedaron bajo embargo petrolero.
El resultado fue inmediato: menos petróleo en el mercado mundial, precios disparados y una crisis energética que sacudió a Occidente. Sin embargo, para Ecuador fue el inicio de una bonanza. A través de la recién creada CEPE, hoy Petroecuador, el país producía alrededor de 250.000 barriles diarios. La paradoja del comercio internacional volvía a confirmarse: lo que es una tragedia en una parte del mundo puede convertirse en una oportunidad en otra.
Cinco décadas después, otro conflicto en Medio Oriente vuelve a sacudir el mercado petrolero. Pero esta vez la historia es diferente para Ecuador. El país exporta bastante más petróleo que en los 70, pero también importa mucho combustible y como estos tienen un precio mayor que el crudo que exportamos, en 2025 el comercio internacional petrolero dejó ventas netas de $ 3,1 millones. El petróleo, que durante décadas fue el principal motor de nuestra economía, hoy es el quinto rubro de exportación.
A esto se suma una decisión que cambió el panorama energético del país con el cierre del ITT. Desde septiembre de 2023, el país ha dejado de percibir alrededor de $ 2.700 millones, según el cálculo de Walter Spurrier en su columna de la semana pasada. Todo esto por la Pachamama. Pero somos un país en vías de desarrollo, no somos Noruega. Por lo tanto, espero de corazón que la Pachamama y Greta Thunberg se sientan sumamente orgullosas de nuestro sacrificio. Ya no somos un país petrolero. Somos pobres, pero verdes.
Los incidentes que se registraron en el ITT no generaron afectación a terceros y se lograron controlar; no hubo grandes desastres en el bloque 43, ni su operación extinguió flora o fauna debido a la tecnología, protección medioambiental y los senderos ecológicos para animales. Incluso las comunidades del sector estaban a favor de continuar la explotación, pero estos argumentos no lograron convencer al 59 % de los ecuatorianos. Ni a Leo DiCaprio. Hace 50 años una guerra lejana llenaba nuestras arcas; hoy ni los precios altos del petróleo logran compensar nuestras decisiones.
La guerra, sobre todo en esa zona del planeta, mueve los precios del petróleo. La diferencia es que esta vez el Ecuador ya no está en posición de beneficiarse de ella. (O)