Dentro de pocas horas llegará el Día del Periodista Ecuatoriano, que rememora aquel 5 de enero, hace 234 años, cuando un mestizo ilustrado, Eugenio de Santacruz y Espejo, se atrevió a ir contra lo establecido y publicó su Primicias de la Cultura de Quito, ese osado ejercicio de contar lo que ocurría en el epílogo de la larga era de la colonia esclavista y abusiva que se vivía en los territorios que fueran antiguamente de los shyris, luego de conquistadores y sus arcabuces, y después de terratenientes y sus siglos de abusos.

¡Cuánta audacia la del “indio” Espejo! Y cuánto valor para decir lo que nadie entonces se atrevía a decir, aunque a la corta le haya costado la vida, sin poder ver algún reflejo al menos de esa libertad a medias que llegó décadas después.

Y considero urgente hablar de Espejo y su obra periodística justo ahora cuando el oficio cambia de forma, aunque en el fondo el periodismo, el de verdad, nunca dejará de ser el faro de la realidad, que acompaña y guía a la población por la ruta correcta que al final tendrá como premio la toma de decisiones adeudadas. Allí se consolida la utilidad de la información, que es la recompensa que brinda todo el esfuerzo que demanda esta profesión.

Espejo, en su precariedad y la clandestinidad de su propuesta editorial, muy probablemente ni siquiera imaginó el vuelco que ha tenido la comunicación de este siglo XXI. Y me refiero a que en lo que sin duda es el mejor momento de la comunicación, gracias a la arremetida tecnológica que nos permite estar digitalmente ahí donde aparentemente ocurren las cosas; pero a la vez, en un momento muy difícil para el periodismo, que, pese a haber superado la barrera industrial de los mass media, parece volver al mecenazgo de los primeros tiempos, aquel que financiaba las artes en la edad de las luces y, entre ellas, la pericia de contar historias con tanta emoción y elocuencia hasta hacer brillar a la opacidad.

En plena transformación mediática como la que estamos viviendo, sin embargo, sigo convencido de que el periodismo persistirá. Ya lo demostró la radio y los permanentes augurios de su cataclismo, que superó en su momento la arremetida de la televisión. Y no en vano la prensa debe su nombre a las primeras imprentas que en el siglo XVI llegaron a literalmente prensar letras en papeles para masificar ideas, lo que a pesar de todo y en otros formatos sigue ocurriendo. O las imágenes de televisión que sedujeron a los discípulos del apóstol Tomás en aquello de ver para creer, y que ahora deberán ver todavía con mayor profundidad para no caer en perversas manipulaciones audiovisuales que, lamentablemente, vienen incluidas en el paquete de beneficios de la inteligencia artificial.

Afortunadamente, cada vez que hay una tragedia, un triunfo sonado o una alerta de cualquier índole, las audiencias buscan, de manera automática, al periodismo, al de verdad, para confirmar, porque están conscientes de que la avalancha de datos que les llega sin pedir no ha pasado por los filtros de la duda y la confirmación.

Salud, colegas. Y que cada vez que sientan incertidumbre ante el oficio recuerden que Espejo marcó la ruta hace más de dos siglos. (O)