Perder la paz es un proceso de ruptura que impone la guerra o el uso de la violencia armada como instrumentos de disrupción social o de imposición y conquista. Cualquiera que sea la causa, la muerte violenta de una persona es condenable, más aún si se trata de cientos o miles de inocentes.

El mundo ha caído en un abismo de indolencia descomunal, donde lo impensable se ha vuelto cotidiano. Términos como genocidio o eliminación de civilizaciones se utilizan sin ningún reparo ni conciencia.

Los tiempos del imperio de la paz han sido la excepción en la larga historia de la humanidad. Por ello, nos hemos aferrado a que existan sistemas de gobernanza nacional, basados en el equilibrio de poderes y el respeto al derecho de cada uno de nosotros. Así mismo, creamos un sistema de gobernanza global basado en el derecho internacional, para que los pueblos puedan superar los conflictos y solucionar sus diferencias mediante el diálogo, la negociación y el acuerdo. No era perfecto –nada lo es–, pero al menos ofrecía cierta garantía de respeto a los derechos humanos.

Lamentablemente, quienes conocemos los campos de batalla donde han perecido millones somos testigos de cómo los esfuerzos por alcanzar la paz siempre chocan con las realidades geopolíticas de entidades que se sirven de las guerras como mecanismos de dominio y lucro. Ya no son solo Gobiernos interactuando en una constante competencia geoestratégica, sino también empresas transnacionales y entidades multinacionales que igualmente usan la violencia para avanzar sus intereses. Basta ver las guerras en el Congo, en Sudán y en decenas de otros países, por recursos de todo orden.

Desde hace muchos años, no ha sido posible que los países productores de armas acuerden limitar la expansión de las tecnologías que nos convierten en más eficientes destructores de la vida humana. Hoy, estamos discutiendo el uso de la inteligencia artificial para matar más eficientemente. No es solo una ruptura moral: es el vasallaje de los nuevos imperios paraestatales que rigen nuestros destinos desde plataformas a las que hemos entregado nuestro futuro. Lo increíble es que esto ocurra sin regulación eficiente por parte de los Estados y que hoy rijan nuestro futuro los programadores de algoritmos que no responden necesariamente al bien de la humanidad.

Debo reconocer que la aspiración de un mundo en paz ha fracasado. Han sido las mismas potencias vencedoras de la II Guerra Mundial las que han vuelto inoperantes al Consejo de Seguridad mediante el uso del veto. Me causa no solo angustia, sino indignación por la impotencia para lograr que impere la razón.

Hoy, los 1.400 millones de católicos del mundo vemos absortos cómo el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y sus seguidores enfilan sus dardos contra el santo padre León XIV por haber invocado el Evangelio para implorar por la paz y que cese la muerte de inocentes. Es un triste momento para la humanidad, un momento de reflexión profunda sobre lo que somos y lo que pretenden que seamos para satisfacción de sus intereses geopolíticos. (O)