Me pregunto cuál habrá sido la primera mujer a la que le prohibieron mover las caderas al ritmo de los tambores, la primera niña a la que le dijeron que no debía girar y saltar y mecer el pelo suelto al viento. Un día desembarcaron los extremismos religiosos e instalaron un sistema de represión que privó al cuerpo humano del goce biológico del movimiento. A los hombres se les permitió seguir siendo fuertes siempre y cuando usaran su poder para la guerra. A las mujeres que querían seguir bailando descalzas, meneando las caderas al ritmo ancestral del parto y del placer, a las que seguían sanando con música y hierbas y antiguos conocimientos se las acusaba de b o p.
Hemos debido reclamar el derecho a nuestros propios cuerpos. Rebelarnos para recobrar nuestro derecho natural a galopar con las piernas abiertas, a montar en bici, moto y hasta skateboard. Son tantas las niñas, las chicas, las mujeres a quienes por siglos se les prohibió mover sus cuerpos libremente, por diversión, o participar en competencias deportivas, por talento y ambición. Ahora nos parece normal ver mujeres que incluso embarazadas o con bebé tierno desafían los límites. Esquiadoras, gimnastas, nadadoras, ciclistas, levantadoras de pesas, maratonistas. La primera mujer en cruzar a nado el canal de la Mancha fue Gertrude Ederle, estadounidense de origen alemán que tuvo que enfrentar, a nivel personal e institucional, uno tras otro rotundo “NO”. Y cuando por fin lo logró (superando además el récord masculino), ya nadie pudo volver a decir “las mujeres no pueden”. Por cada cosa que hoy se nos permite hacer, siempre hubo una mujer a la que le dijeron “no” y lo hizo de todas maneras, y es solo gracias a esas pioneras que hoy nuestras hijas pueden soñar sin límites.
Pero más allá de las disciplinas deportivas existe el movimiento cotidiano. Me crie bailando salsa, cumbia y merengue imitando a las mujeres de la tele. En las “fiestas bailables” de mi adolescencia bailábamos “pegados” con un chico que “nos sacaba a bailar”. Conforme crecimos dejamos de esperar al príncipe y descubrimos la felicidad de bailar entre chicas. Perreábamos y twerkeábamos antes de conocer la terminología. Eran los inicios del reguetón y hacíamos oídos sordos a las letras o batíamos mayonesa sin darle demasiada importancia al doble sentido. Y es que eran nuestros cuerpos (y no nuestras cabezas) los que nos pedían bailar, sedientos de soltarse y gozar. Bailábamos para nosotras, entre nosotras, como lo habrán hecho nuestras antepasadas al ritmo de los tambores, conectadas con sus cuerpos, con el suelo y el cielo, preparándose para hacer y dar vida embriagadas de luna bajo las estrellas. Cuando se acercaba un chico, cautelosamente tanteábamos si era de
esos que también gozan naturalmente del baile o si era uno de esos reprimidos que pervierten la alegría sensual. Hoy en día, los ofendidos se seguirán ofendiendo con las letras de Bad Bunny, pero yo siempre le agradeceré que nos haya puesto a bailar tan ricamente sobre el escenario internacional, y sobre todo, que haya popularizado la noción de un derecho elemental de las mujeres: el derecho a perrear solas y en paz. (O)