Si bien las mujeres hemos ganado en igualdad, todavía persiste la misoginia más peligrosa: la encubierta, la disfrazada con telas de cortesía o de utilización. De ni ser nombradas en las leyes o con estas, adversas –el infantilismo con que se nos trató bajo socapa de protección– hemos pasado a figurar con deberes y derechos de ciudadanía que no hacen distinción de género. La paridad todavía no convence a muchos, pese a que vengamos de siglos de postergación que hoy se compensan con obligaciones como esa.
Por ejemplo, todavía una mujer en edad fértil tiene en su contra la posibilidad de los embarazos a la hora de competir por un puesto laboral que supondrá ascensos. El tiempo de generación, nacimiento y crianza le significará una ausencia y, por tanto, retraso en la carrera profesional. Los jefes no consideran que esa ciudadana está contribuyendo con la natalidad que necesita la sociedad para colaborar con la base indispensable que mantiene los cálculos y servicios de su comunidad. La mirada microscópica del individualismo de hoy solo mira la isla del desarrollo de un negocio.
El concepto de violencia doméstica es demasiado laxo y permite que se oculten detrás de él los reales feminicidios (femicidios, prefieren en nuestro medio) o maltratos mortales que sufren las mujeres por el hecho de serlo. Hay varones a quienes les molesta que estas hablen, actúen con libertad y tengan criterios propios a la hora de los conceptos bajo los cuales se actúa. Viven devaluando a sus compañera, hijas y hasta madres que los educaron porque ellas “no saben de...” muchos asuntos. Levantar la mano porque se es más grande y fuerte es la viva expresión de misoginia. Todavía recuerdo a una mujer humilde que en un congreso de acción feminista exhibía sus encías vacías porque el marido le había arrancado los dientes a golpes.
Esta expresión de poder viene aunada muchas veces con apetito sexual. Ahora que nos enteramos de la presunta extrema servidumbre del cantante Julio Iglesias sobre sus empleadas domésticas, reflexionamos en que detrás de cualquier nombre sonoro, clase social o trabajo oficinesco se oculta el deseo de contar con los cuerpos de las mujeres. Si es cierto que Iglesias les exigía un examen ginecológico previo a contratarlas, de entrada, se pueden leer las intenciones del señor de la casa. No es explicación que las muchachas aceptaron tan infame proceder. La pobreza comanda la aceptación de muchas conductas injustas y desequilibradas.
Frecuentemente, las redes sociales –medio que sirve para el bien y para el mal– nos recuerdan los casos de feminicidios no resueltos en el Ecuador. La familia de la mujer asesinada solo tiene a su alcance esa forma de insistir en que las víctimas siguen sin justicia, en que los posibles culpables han fugado o andan campantes por la acción de algún juez corrupto. En esa nueva educación por la que apelamos las personas que hemos sido maestras, debería figurar un capítulo –¿en Sociología, en Psicología, en la tan reclamada Moral y Cívica?– que plantee los derechos de la mujer, su accionar social y la ética de conducta con ellas. Combatir la desigualdad –y hasta el barato ideal de la fama y la belleza intervenida, que produce “muñecas de la mafia”– debería estar en la mira de la construcción de otra clase de seres humanos. (O)