Uno de los aspectos que más impacta a quienes vuelven a poner la mirada en China –y que he tenido el privilegio de observar de cerca durante mis más de dos décadas de residencia en Shanghái, su puerto principal– no es solo la metamorfosis del ecosistema de negocios, sino la envidiable vitalidad de su población sénior. Este es un fenómeno denominado como Silver Economy, un sector que hoy goza de una salud excepcional y que rara vez está considerado por empresarios extranjeros y que, sin embargo, no solo busca un producto de calidad que consolide su salud y bienestar, sino que tiene una renta disponible sin precedentes en la China moderna. Aquí quiero compartir qué hace de este un sector tan sólido esperando que algunas de sus “buenas prácticas” puedan replicarse en Ecuador.
China no improvisa. Con una población sénior que ya roza los 300 millones de personas (el 22 % del total nacional), el Estado y el sector privado han desplegado una estrategia clara: la inversión fluye hacia pilares de vanguardia donde por ejemplo la biotecnología enfocada en la longevidad y la robótica asistencial doméstica son parte creciente de la vida cotidiana.
Ahora bien, este tipo de iniciativas no son el pilar, sino la cúspide de lo que significa la tercera edad en China, cuya base es un profundo sentido de comunidad. No es raro ver en los parques desde primera hora de la mañana a decenas de ciudadanos practicando vitalmente en grupos de taichí o coordinando coreografías de Guang Chang Wu (literalmente, el baile de los parques). Sugiero buscar en YouTube este fenómeno o videos como: “Proof that Chinese grandparents are more athletic than you” (Evidencia de que los abuelos chinos están en mejor forma que usted) donde ancianos hacen ejercicios que la mayoría de nosotros solo podemos soñar con lograr.
Este fenómeno cobra un sentido especial cuando entendemos la realidad de los llamados “abuelos migrantes”. Se trata de millones de ancianos que dejan sus provincias de origen para mudarse a metrópolis como Shanghái, con el fin de cuidar a sus nietos y apoyar a sus hijos en el exigente mercado laboral actual. Para ellos, el baile en el parque no es solo ejercicio, así como los Centros de Proximidad (Xiaowu) –verdaderas “salas de estar” públicas ubicadas a solo 15 minutos a pie– no son solo espacios para debatir por horas con amigos. A esto se suman los Intergenerational Community Canteens, comedores subsidiados con menús adaptados para séniors que, al atraer también a trabajadores jóvenes, se han convertido en un entorno natural para el intercambio generacional. Todo este ecosistema es, en última instancia, el tejido social que les permite combatir la soledad en una ciudad nueva y reconstruir su sentido de pertenencia, mientras contribuyen al equilibrio de la familia moderna.
Estos modelos prueban que crear espacios públicos para la tercera edad –donde todos aspiramos a llegar– es tan necesario como factible. Son soluciones sencillas con resultados estupendos. Quién sabe si, en pocos años, circulen también videos que evidencien por qué los abuelos ecuatorianos son más felices que usted. (O)