Lo de fondo es el servicio, la utilidad, la eficiencia, la adecuada administración de una circunstancia violenta, compleja e impredecible. Lo de fondo está en asumir que la democracia es un sistema político que debe representar y, al mismo tiempo, operar en beneficio de los ciudadanos. Lo de fondo está en entender que primero es la gente y después la ideología, que la seguridad no es un enunciado ni el párrafo de un discurso, ni la reiteración de algún alegato, que debe ser una realidad y que, si no existe, tal circunstancia deslegitima al Estado y pone en entredicho a autoridades, legisladores y jueces.
Lo de fondo no son las formas, no son las teorías. Lo de fondo es que la política debe ser una gestión que haga posible la felicidad de las personas, que no se limite a ser una forma que se agote en el ejercicio del poder.
Lo fundamental no es la burocracia, no son las cortes ni los asambleístas ni las nostalgias trasnochadas del socialismo. Lo fundamental son las personas, sus derechos, su paz, su posibilidad de progresar, sus espacios de autonomía y libertad, sus propiedades.
Estamos enredados en lo secundario. Hemos perdido el GPS de la lógica. Hemos confundido del mapa del sentido común que nos debería orientar en este mar de confusiones, en este aluvión de opiniones, interpretaciones y literatura política barata, que encubre disparates, intereses y doctrinas.
Las instituciones que no sirven a la gente, son palabra vacía, y no existen sino como nido de burocracias ineficientes.
Las cortes, y la Corte Constitucional, han perdido de vista que la Constitución y la ley deben servir a la gente, y que su invariable e irrevocable tarea es hacer posible que remontemos la confusión de este tiempo, que la protección de los derechos prevalezca sobre las ideologías, que su tarea, en el marco del Estado de derecho, es buscar los caminos y no bloquear las opciones, y que su responsabilidad no tiene excusas ni soporta argumentos para evadir su tarea esencial: hacer que las normas operen en función de la realidad.
Lo de fondo es que, entre debates, escándalos y denuncias, el Estado se ha empequeñecido hasta la irrelevancia, que la Constitución garantista no garantiza nada, que la sociedad ha perdido la confianza.
Vivimos una situación extraordinaria, y tan grave que incluso las reglas del derecho internacional están en entredicho, al punto que los Estados deberán repensarse desde perspectivas distintas. El mundo es otro, pero acá seguimos mirando la circunstancia con las anteojeras de hace un siglo, con “dirigencias” que no se plantean la necesidad de hacer análisis radicalmente distintos. Y las instituciones no reparan tampoco en que cada día son más irrelevantes, más discursivas e inútiles.
Lo de fondo es que, frente a una circunstancia extraordinaria, es evidente que las reglas y las políticas han envejecido, y que si queremos salvar los valores esenciales (libertad, democracia, derecho y derechos), hay que enterarse y hay que pensar con la claridad y el compromiso que exigen las circunstancias. (O)