Cuando la operación militar en Estados Unidos había concluido en Afganistán en el 2021 y muchas personas (me incluyo) y organizaciones feministas en el mundo occidental denostábamos la traición a las mujeres afganas desde nuestro privilegio, un artículo del New Yorker clarificó de un solo tirón nuestra brújula moral.
Anand Gopal escribió un reportaje investigativo titulado ‘Las otras mujeres afganas’, resultado de su trabajo de 10 años reportando la guerra en Afganistán. Gopal encontró que la gran mayoría de mujeres viviendo fuera de Kabul querían que se termine la guerra a toda costa. Después de 20 años de ocupación aliada, sabían bien lo que les esperaba como destino, pérdidas de oportunidades y de educación, y una vida detrás de la burqa, el hijab y el chador… pero estaban cansadas de llorar a sus muertos, de perder a la mayoría de sus hijos, hermanos, padres… y de tener que doblar el esfuerzo y el trabajo para sobrevivir en permanente estado de shock, de desesperanza. ¿Debían Estados Unidos y sus aliados continuar la guerra para salvar a las mujeres? Un dilema moral del que jamás participan las potenciales beneficiarias.
Recordar Afganistán es necesario ahora, cuando muchos opinadores y feministas occidentales que hablan desde el privilegio, usan a las mujeres de excusa frecuentemente para justificar un ataque militar en Irán. Y aunque Irán es uno de los países más opresivos para las mujeres, no es ni de lejos Afganistán. Rara forma de salvación la de la coalición Estados Unidos-Israel que, en su segundo día, terminó con la vida de 165 niñas de escuela primaria y que, hasta que el cierre de esta columna, había asesinado más del doble de iraníes que el régimen de los ayatolás durante las protestas en el pasado mes de enero. Las pérdidas humanas civiles y el desastre humanitario tanto en Irán como en Líbano –que ha sido olvidado por la prensa internacional– superan con creces las militares… como siempre.
Hay dos lecciones en esta reflexión sobre la nueva guerra en Medio Oriente que cualquier ser humano debería recordar. La más importante: no hay guerra justa, ni causas justas para una guerra. El principio fundamental sobre el que se construyó el sistema internacional tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y dos ojivas nucleares después es: si hay una mínima posibilidad de seguir en la mesa de negociaciones y evitar una confrontación bélica, cualquier ataque es injustificado e inmoral. Ojo que no digo ilegal, porque como hemos visto en los últimos años, el derecho internacional ha perdido su imperativo categórico. Y el Consejo de Seguridad tendría la obligación de regresar al sentido humanitario y pacifista que en su origen lo guio.
El segundo, en pleno mes de la mujer: ¿es tan difícil entender que, para las mujeres, los derechos son una cadena de Maslow, donde el primer peldaño es sobrevivir y el segundo no ser violentada? Dos elementos imposibles de alcanzar en cualquier conflicto militar. Vestir o desvestirnos sin ser violentadas o castigadas es lo que quisiéramos siempre las mujeres, pero eso no es una garantía ni siquiera en Occidente. La mayor violación de los derechos de las mujeres es siempre la guerra. (O)