Partamos de una premisa: en México la muerte es un asunto literario. Por eso Comala. Es evidente, en el caso de Luis Estrada, director cinematográfico y guionista, que la muerte es como el mapa de un tesoro. Quizá, por eso, ha declarado que estaba destinado a hacer una adaptación de Jorge Ibargüengoitia, el difunto y colosal escritor mexicano que en 1977 publicó la novela Las muertas, basada en las Poquianchis, las hermanas proxenetas, corruptas y asesinas que tuvieron burdeles en Guanajuato desde 1945 hasta 1964. Es imposible, entonces, hablar de Las muertas, la genial serie del mismo nombre que Estrada ha lanzado en Netflix, sin pensar en Ibargüengoitia, el contador de historias.
Para construir su ficción, Ibargüengoitia convirtió a las abominables Poquianchis en las hermanas Arcángela y Serafina Baladro, a quienes Estrada recrea con las geniales actrices Arcelia Ramírez y Paulina Gaitán. En un claro homenaje al tono sardónico, inteligente y desmesurado del escritor, la serie de Netflix constituye una comedia negra criminal que juega maliciosamente con el público, pues en los primeros capítulos nos acerca hacia la extraña complejidad cautivadora de las asesinas. Como si la vida, en un desfogue de locura, las hubiera orillado inevitablemente a establecer una red de trata de mujeres, esclavizarlas, venderlas y matarlas.
Por suerte, conforme avanzan los capítulos, la naturaleza monstruosa de las hermanas Baladro sale a la luz y nos empezamos a sentir culpables, por fin, de que nos hayan caído bien. Quizá la estrategia de Ibargüengoitia y de Estrada es recordarnos, precisamente, lo frágiles y falsas que pueden resultar nuestras nociones sobre la gente que nos rodea y que constituye el imaginario de la sociedad en la que nos movemos. Y en ese sentido, la serie nos ofrece el poder alumbrador de la ficción, como mecanismo de una conciencia histórica que explica México, América Latina o cualquier vida.
Estrada es magistral al reconstruir la mirada de Ibargüengoitia: su forma única de mirar la tragedia que a veces es la historia mexicana (y del continente entero) desde la impostura y matándose de risa. Su brillante manejo del humor político y el horror del esperpento cultural. Son las voces que logra un comediante genuino al entender, como Walter Benjamin, que todo acto de cultura puede ser, y es, a la vez, un acto de barbarie. Así lo hizo Ibargüengoitia en su primera novela, de 1964, Los relámpagos de agosto, sátira en la que bajo la voz de un descarado general retirado se describe a la clase política de la posrevolución mexicana, entre el delirio y el oportunismo.
Ibargüengoitia murió el 27 de noviembre de 1983, en un avión que se estrelló cerca del aeropuerto Barajas de Madrid. Llevaba consigo el borrador de una novela que se consumió con él. En aquel accidente perecieron también los críticos Marta Traba y
Ángel Rama, entre otras personalidades que viajaban al Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana que García Márquez convocó en Bogotá. Luis Estrada, sin embargo, nos regala una vez más la imagen de Jorge Ibargüengoitia con las manos sobre el teclado de su máquina de escribir, ya para siempre. (O)