La celebración del Día Internacional de la Mujer tuvo este año algo distinto. Tal vez porque la fecha cayó en domingo y las conmemoraciones se extendieron entre viernes, lunes y varios días más. Pero, sobre todo, porque parecía haber una conciencia diferente: cada vez sabemos con mayor claridad que no se trata simplemente de flores u homenajes. Este día es memoria. Memoria de luchas largas, muchas veces silenciosas, todavía inconclusas en muchos lugares del mundo.

Una de las celebraciones más sorprendentes fue la organizada por el Centro Gerontológico Dr. Arsenio de la Torre en el aula magna de la Universidad Católica de Guayaquil. La sala estaba llena y el ambiente tenía esa mezcla de expectativa y curiosidad que antecede a los momentos inesperados. Lo que ocurrió después rompió cualquier idea de acto protocolario.

Diecisiete adultas mayores aparecieron en escena caracterizadas con sobriedad. No eran disfraces teatrales. Eran evocaciones. Durante unos minutos cada una prestó la voz a una mujer que abrió camino en la historia del Ecuador. Y entonces ocurrió algo profundamente conmovedor: la historia volvió a hablar. Allí estuvieron Rosalía Arteaga, primera mujer en ejercer la Presidencia del país; Manuela Cañizares, anfitriona del espíritu independentista; Ana Villamil Icaza, promotora cultural y cívica; Tránsito Amaguaña y Dolores Cacuango, gigantes de la lucha indígena; Irma Bautista, voz de la mujer negra; Manuela Sáenz, rebelde y libertaria; Rosa Borja de Icaza, intelectual y educadora. Aparecieron también Matilde Hidalgo, pionera del voto femenino en América Latina; Manuela Espejo, adelantada a su tiempo en la defensa del conocimiento para las mujeres; Hermelinda Urvina, que se atrevió a conquistar los cielos; Ileana Espinel y Dolores Veintimilla, voces de la poesía; Marietta de Veintemilla, mujer de carácter y pensamiento; Yela Loffredo, impulsora de la cultura; Guadalupe Larriva, primera mujer ministra de Defensa; Jenny Estrada, apasionada guardiana de la memoria de Guayaquil, y la educadora Rita Lecumberri.

Una tras otra, esas mujeres volvieron a caminar entre nosotros. Y mientras desfilaban aquellas voces era imposible no pensar que cada una de ellas abrió una puerta que hoy parece natural: el derecho a estudiar, votar, escribir, gobernar, crear, disentir. Ninguno de esos espacios fue concedido con facilidad. Fueron conquistas, sembradas con paciencia, coraje y también con dolor. Tal vez por eso ver a mujeres mayores representándolas tenía un significado especial: ellas pertenecen a una generación que también tuvo que abrirse camino en un mundo que todavía dudaba de la voz femenina. Las conquistas de las mujeres nunca empiezan en una generación: cada una recibe una antorcha que otra encendió antes.

Pero lo más hermoso no fue solo recordar sus nombres, lo verdaderamente conmovedor fue ver a 17 mujeres mayores prestar la voz a quienes abrieron camino antes que ellas.

En ese gesto sencillo había una verdad profunda. La historia no es un museo; es una antorcha que pasa de mano en mano. Y esa tarde, en un aula llena de memoria, ocurrió algo que hizo aún más claro el sentido de este día: mientras el mundo habla del futuro de las mujeres, eran las mujeres mayores quienes sostenían la antorcha. (O)