En 1844 Frederick Engels describió las condiciones de los trabajadores de Old Town, en Mánchester, como el infierno en la tierra: “En un solo cuarto... podían vivir hasta doce personas, la media eran cinco; mientras los más miserables vivían en sótanos con cinco familias infectándose y muriendo desnutridos. Morían enfermos, en condiciones inhumanas”. De ese hacinamiento y desesperanza nació El manifiesto comunista.

La tuberculosis sigue siendo la enfermedad bacteriana más mortal del mundo, el VIH y la malaria juntos son menos letales. Uno de cada nueve afectados es un niño. Con frecuencia, en personas de escasos recursos, esta dolencia pasa mucho tiempo sin diagnóstico. Todos podemos contagiarnos, aunque se la llama enfermedad de la pobreza porque son los pobres los más susceptibles al estar mal alimentados, vivir en hacinamiento con mala ventilación y sin acceso a medicina, en condiciones insalubres. A diferencia de otras enfermedades infecciosas, la tuberculosis puede prevenirse y curarse con tratamiento adecuado en el 88 % de los casos.

Los primeros medicamentos efectivos se descubrieron hace casi un siglo. Es una enfermedad larga cuyo tratamiento temprano requiere cuatro medicinas con un costo aproximado de mil dólares por seis meses. Si el paciente no recibe o incumple ese régimen, no solo que empeorará, sino que la bacteria se hará resistente y por tanto el tratamiento se extiende dos años más, será muy difícil de sanar y multiplicará su precio más de 100 veces. En esos casos, el contagio es de esa bacteria resistente. Es tan peligroso y oneroso que en muchos países se supervisa a diario la toma de la medicación, agregando el costo de esa vigilancia a una enfermedad de por sí muy cara.

Como existe cura, la muerte de pacientes es por desidia, ineptitud y crueldad de autoridades que permiten la existencia de esta enfermedad en el lugar que más fácilmente podrían controlar su tratamiento: las cárceles. El aumento de 60 % del número de casos en el país –eso sin calcular los no diagnosticados– habla de un gobierno indolente e irresponsable.

¿Hay pena de muerte en Ecuador? ¿Además con tortura? Es imperdonable la negligencia de un puñado de funcionarios con poder momentáneo, que permiten en las cárceles la muerte de tantas personas bajo cuidado y responsabilidad estatal. Son asesinadas o mueren con males como si estuvieran en el siglo XVIII. ¡Cuán inhumanos son estos verdugos modernos!

La tuberculosis en nuestro país es una arista más de la crisis sanitaria nacional, muestra de una mediocridad incapaz de proporcionar lo elemental de la medicina moderna a quienes más lo necesitan, de manera oportuna y eficiente. Como escribe John Green: “No podemos abordar la tuberculosis solo con vacunas y medicamentos.

No podemos abordarla solo con programas integrales de búsqueda, tratamiento y prevención. También debemos abordar la causa raíz de la tuberculosis: la injusticia. En un mundo donde todos puedan comer, acceder a la atención médica y recibir un trato humano, la tuberculosis no tiene ninguna posibilidad. En última instancia, somos la causa. También debemos ser la cura”. (O)