El martes 20 de enero de 2026, se iniciará el segundo año del segundo periodo de Donald Trump en el Gobierno de Estados Unidos, que, de no haber imprevistos, terminaría el mismo día del 2029.

Trump es admirado por muchos y cuestionado por otros. Algunos intentan ser objetivos. Hay los que tienen temor o miedo porque les puede llegar alguna forma de represión. Los menos prefieren no expresarse.

Para elogiar, no escatima palabras. Electo presidente, en noviembre del 2024, su primera mención sobre su futura gestión fue la creación del Departamento de Eficiencia Gubernamental que le encargaba a Elon Musk, calificándolo de hombre más rico del mundo, expresando que se allanará el camino “para que mi Administración desmantele la burocracia gubernamental, reduzca el exceso de regulaciones, reduzca los gastos innecesarios y reestructure las agencias federales, algo esencial para salvar a Estados Unidos”. Meses después se enfrentaron duramente no solo sobre la gestión de gobierno, sino también sobre su vida personal y desafueros, de lado y lado.

Con soltura desprecia y descalifica, así como es hábil para bajar temporalmente la confrontación –a Petro, presidente de Colombia, lo tachó de “matón y mal tipo, líder del narcotráfico” y le anuló la visa; cuando Petro convocó una marcha contra Trump, la sorpresa fue que dijo que se quedó sin discurso, porque Trump lo había llamado e invitado a la Casa Blanca–. Además, le molestan los serviles, porque piensa que quieren usarlo, pero no los confronta mientras les pueda sacar provecho.

En el siglo XX y en el inicio del XXI, aun cuando sea hipócritamente y no siempre respetados en principios y objetivos, se estructuraron organismos multilaterales, políticos, económicos y sociales, se suscribieron instrumentos internacionales, se diseñaron macroacuerdos arancelarios, llegó Trump al poder en su segundo mandato, expresando que solo respetaría lo que no trabe el destino manifiesto de EE. UU., recuperar derechos y acreencias que argumenta le arrebataron a su país y a sus empresas, caso Canal de Panamá y otros, tomando decisiones unilaterales en aranceles y en otras materias para luego negociar, así como desvinculando a EE. UU. del multilateralismo que no se le someta. El tema de represión a migrantes, que ha llegado a ejecuciones, se ha agudizado y no lo ha podido controlar.

El caso Venezuela es de antología. Más allá de que quizás hubo delación y traición, sacar a Maduro de Venezuela, permitir que actores del chavismo se tomen las fotos como que están en el poder, esperando que le retornen a Maduro, calificando a la presidenta encargada de “persona estupenda”, y a los opositores, teniéndolos en espera, aun después de recibir la medalla del Premio Nobel de la Paz que le entregó María Corina Machado, mientras su Gobierno decide sobre el petróleo que se produce y sale de Venezuela y más riqueza mineral de ese país, antes de permitir el retorno a la democracia.

¿Habrá pensado Trump cómo hacer para que todo lo que él ha impuesto en el interior de Estados Unidos y en las relaciones internacionales se mantenga, cuando deba entregar la presidencia a quien lo suceda? (O)