Ante el clamor de los jueces, quienes justificaban sus atrasos en la gestión procesal, por atender aspectos administrativos, nace el Consejo de la Judicatura. Así se concibió como un órgano técnico de soporte en gestión y disciplina.

Las reglas del juego han ido cambiando y el Consejo de la Judicatura ha atravesado diversas etapas y proyección pública. Antes quien ejercía el cargo de presidente de la Corte Suprema, Corte Nacional hoy, ejercía también la presidencia del Consejo de la Judicatura. Sus direcciones se caracterizaron por ser técnicas, de bajo perfil, incluso hubo épocas que operó con debilidad institucional.

A partir de 2008 la institución tuvo mayor envergadura y presencia de control y política. El tiempo ha ido complejizando la situación, a manera de ejemplo de liderazgos, recordamos a quien en vida llamó Héctor Romero Parducci, fue presidente de corte y consejo en sus inicios, y, en este periodo, el nombre de quien lo preside es Mario Godoy. Por cada nombre enunciado, que no solo los diferencia, hay una trayectoria que habla en abundancia de cada uno.

En 1998 se pudo crear el Consejo gracias a un grupo de expertos que diseñó ese modelo con el propósito de garantizar un buen funcionamiento judicial. En 2025, ese modelo ha sido carcomido por la ambición, la corrupción y la delincuencia organizada.

¿Son los jueces y vocales del Consejo de la Judicatura los únicos responsables del desastre? No, algunos abogados en libre ejercicio contribuyen a la erosión de la independencia judicial. Abogados que forman parte de la red que maneja los contactos y que actúan como intermediarios entre la sociedad y los jueces. Sí, me refiero a quienes convierten las decisiones judiciales en transacciones, a quienes ofrecen dinero para manipular sorteos o la agenda del calendario de las audiencias y que cuentan con recursos para realizar campañas de desprestigio a otros funcionarios. Son mafia, instauran una cultura de temor o complacencia, manejan una forma sofisticada de captura del Poder Judicial que degrada la ética profesional e hiere la confianza en cualquier modelo, pues el ciudadano que no sabe cómo funciona la dinámica entre Consejo y jueces ve a su abogado como corrupto sino a la justicia como un mercado.

Todos estos personajes, servidores públicos y abogados, atrapados en esa red perversa de autodestrucción personal y social, van enlodándose cada día más, algo así como enloqueciéndose con el poder manejando jueces, Ese ciclo de descomposición que los ha llevado a la cárcel o demencia, provocará, desgraciadamente, cambios estructurales en la sociedad.

El poder se ha vuelto más cruel y perseguidor que antes, y mucha gente lo normaliza. Al paso que vamos, no estamos lejos de convertirnos, como lo muestra la ficción de Mad Max, en hordas humanas en las que liderará el más implacable y otros pocos humanos que sobrevivirán abrazados al recuerdo de la bondad y justicia.

La esperanza, poca por cierto, está en nuestra capacidad para discernir a quién le damos poder, si a un político con compromiso social o a quien solo quiere consolidarse como empresario –en el más turbio de los conceptos– burlándose de la población prometiendo lo que sabe no cumplirá. (O)