En Verona vivieron y murieron los dos amantes más amados de la literatura. “¡Mi único amor nacido de mi único odio!”, exclamó ella cuando supo quién era aquel que acababa de conocer. El amor los hizo vivir, y el odio, que no era de ellos, los mató. El amor nació con Romeo y Julieta, el odio entre sus familias ya existía y tenía raíces históricas reales que narró Dante.
Los veroneses se conocen en una fiesta. Él venía de dar ríos de afecto no correspondidos. El encuentro es majestuoso, digno de dos corazones prontamente enamorados, que Shakespeare recreó con su genio inmenso y un lenguaje excelso, y Zefirelli lo mostró maravilloso en el cine. Romeo toca las manos de ella, audaz la besa y le dice: “Mediante tus labios quedan los míos libres de pecado”. Julieta le responde: “De este modo pasa a mis labios el pecado que los vuestros han contraído”. “Culpa deliciosamente reprochada, devolvedme mi pecado” y la vuelve a besar. En el balcón de Julieta que Verona ha inmortalizado, los amantes se convierten en seres celestiales, primero hablando cada uno a sí mismo y luego al otro. Ella: “Cuanto más amor te entrego tanto más me queda, pues uno y otro son infinitos”. Se quedan juntos hasta que amanece, con muchas despedidas y muchos retornos. Romeo va en busca de su buen fraile y consejero para que los case, el amor ya estaba sellado antes del matrimonio. Pero la historia del bardo es una tragedia fraguada a la usanza griega, que debía segar en embrión el amor, y aparece Teobaldo, el primo belicoso de Julieta, que quiere matar a Romeo, mas, muere por la espada de su enemigo, que solo la toma para vengar la muerte de Mercucio. Romeo es desterrado. Antes los amantes se aman en la alcoba de Julieta, hasta que canta la alondra, heraldo del alba, que ella quiere confundir con el ruiseñor, cantante nocturno, para que siga a su lado. Fue la última vez que la dicha los acompañó. En las últimas páginas nace la angustia del lector por el inminente desenlace. Se vuelven a encontrar, pero para ser abrazados por la muerte. Él la ve en el sepulcro adonde la llevaron creyéndola muerta. Romeo también lo cree, sin saber del bendito plan del fraile. “La muerte que ha saboreado el néctar de tu aliento, ningún poder ha tenido sobre tu belleza”. Dice a sus ojos que lancen su última mirada, a su brazo que dé el último abrazo, a sus labios, que sellen con un beso, el pacto sin fin con la muerte; bebe el veneno que llevó, la besa y muere. Julieta despierta, viéndolo muerto lo besa para envenenarse con su veneno, ¡no queda nada, no, hay una daga!, toma la de Romeo y se suicida, quedando juntos, exiliados de la vida.
Más de 400 años de ese amor, cómo quisiéramos transformar la espada de Teobaldo en rama de olivo, llevarle la carta que no llegó a Romeo para que sepa que Julieta estaba viva, que el fraile hubiera tenido un elíxir que le devuelva el aliento para encontrarse con ella, que el odio que engendró la desventura se muera de sed. Que todos los odios perezcan, que los Caínes vean a los Abeles como sus hermanos, que se multipliquen la justicia y su hija, la paz. (O)













