En días pasados la presidenta del Consejo de Ministros de Italia –el Poder Ejecutivo de ese país–, Georgia Meloni, declaró que la situación en Oriente Medio es una consecuencia directa de la erosión del derecho internacional, en particular la guerra a gran escala de Rusia contra Ucrania. Subrayó que la inestabilidad global se intensificó luego de que Rusia, un miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, violara las fronteras de un Estado soberano vecino.
Para Meloni, las acciones del Kremlin enviaron un mensaje al mundo de que el orden establecido basado en reglas ya no se mantiene.
La observación de la líder italiana puede extrañarles a algunos, puesto que proviene de una de las figuras más emblemáticas de la derecha europea, muy alineada, por lo demás, con el presidente estadounidense, Donald Trump. Es más, Meloni ha evitado involucrar a Italia en la aventura militar de Washington y Tel Aviv; aunque ha condenado, eso sí, el programa nuclear de Irán y ha expresado la necesidad de encontrar una salida política y diplomática a la crisis.
La posición de Meloni, y la de otros líderes europeos con afinidades ideológicas con Trump, revela que los liderazgos conservadores serios saben distinguir entre el ser aliados de los Estados Unidos y el ser sus vasallos.
Compartir ciertas visiones del mundo y la sociedad con quien gobierne los Estados Unidos no es sinónimo de ceguera y menos de sumisión. Los países del golfo Pérsico son un buen ejemplo del error al que pueden ser arrastrados países que han entregado su política exterior a los designios de otra nación, por muy poderosa e indispensable que ella sea para su seguridad o economía.
Hoy esos Estados están siendo empujados a una catástrofe bélica que por décadas trataron de evitar.
Una falta de percepción histórica los llevó a entregar en los últimos meses las llaves de su futuro en manos de un líder que ha demostrado una asombrosa incompetencia e irresponsabilidad.
La conexión que hace Meloni entre la brutal agresión a Ucrania, el quiebre del derecho internacional y el aventurismo militar en el Medio Oriente confirma lo acertado que estuvo el Ecuador en condenar a Rusia desde el primer día en que formó parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidad como miembro no permanente. El Gobierno de entonces fue bastante claro y coherente en esta materia. Tanto en el Consejo de Seguridad como en la Asamblea General de las Naciones Unidas el país se alineó, no dejó de condenar las atrocidades cometidas por Rusia en contra de Ucrania, en particular en contra de los civiles, incluyendo niños y ancianos, tal como lo han hecho líderes de derecha o de izquierda, del sur o el norte. La impunidad con la que quiere salirse el presidente de Rusia, Vladimir Putin, debe seguir siendo rechazada frontalmente por el Ecuador.
A todos aquellos que parecen celebrar la supuesta defunción del derecho internacional y de un orden mundial guiado por principios y reglas, basta recordarles que ese escenario de anarquía fue el que llevó al planeta a dos conflagraciones bélicas y dejó millones de víctimas. (O)












