Entre los múltiples oficios que sostengo también está el de escribir. Lo ejerzo con una mezcla de vocación y obstinación, incluso cuando el camino ha estado custodiado por más de una puerta cerrada y por quienes creen tener las llaves de todas.
Desde niña considero que la literatura es mi hogar. Luego hice estudios para entenderla con disciplina, pero el talento nace, no se hace en las aulas. Mis libros de poesía me han dado mucho; no me quejo como otros dicen que la poesía no sirve para nada. En lo que sí he tenido dificultad es en ser seleccionada para las ferias del libro del Ecuador, en mi propio país. Duele decirlo cuando lo que llamas Patria te da la espalda. Y aquí, esos que se quejan de la poesía, pero al mismo tiempo se echan flores los unos a los otros, ellos sí eran invitados varias veces a las ferias del libro, al menos a las de Quito. Como cromos repetidos siempre estuvieron recibiendo su cheque... Digo, leyendo su poesía o algún relato de sus novelas.
En mi vida recuerdo apenas dos invitaciones a la feria del libro de Quito. Incluso, durante el gobierno del expresidente Rafael Correa, una de sus ministras –que se proclamaba feminista– vetó mi participación. Fui parte de aquella lista negra de intelectuales que jamás aceptamos escribir en nuestras portadas un agradecimiento a la Revolución Ciudadana.
En otra ocasión, cuando la Feria del Libro de Guadalajara y la UNAM me nombraron como una de las poetas jóvenes transfronterizas de Latinoamérica, solicité al entonces Ministerio de Cultura apoyo para los pasajes aéreos, pues iba representando al Ecuador. La respuesta fue negativa. Ese desencanto hizo que publicara dos de mis libros fuera del país: uno en Perú y otro en Estados Unidos.
No todo, sin embargo, ha sido oscuridad. También encontré en el camino lectores sensibles y generosos, como Édgar Freire o Bernard Fougères. Personas que entienden que la literatura no es un club privado de aduladores sin talento.
¿Dónde está entonces el problema? En los lobos de la literatura: pequeños círculos que se reparten instituciones culturales, organizan concursos con reglas que ellos mismos redactan –y que luego ganan– y finalmente se premian entre sí con elogios mutuos.
Parte de ese círculo hoy se encuentra en el Municipio de Quito, intentando chantajear al Gobierno actual al advertir que, por su culpa, no habrá feria del libro. En su comunicado hablan de la feria como si fuera el último motor económico y el gran pilar del acceso a la lectura. Según ellos, sin su “magnífica” feria quedaremos más pobres y más ignorantes.
La realidad es menos épica. Hace años que esa feria acumulaba descontento: mala organización, salas vacías, invitados internacionales que en la última edición prefirieron desistir. Cuando los curadores son también los lobos, la literatura termina pareciéndose a un club de amigotes que quieren ser Bukowski, pero por la ingesta de alcohol. El chantaje les salió mal. Las reformas al Cootad no son la razón del recorte; quieren molestar al Gobierno central, pues sin dinero se quedan sin farra y tendrán que administrar mejor sus recursos. Y ahora, el Gobierno al que le reclaman hará la feria. Listo, terminado el drama. (O)